A veces deploro mi afán informativo, que me lleva a devorar diarios, noticiarios, redes sociales de medios masivos. Las realidades de las que me entero son repulsivas y amargan el día o me ratifican en mi pesimismo vocacional. En ocasiones discuto conmigo misma y me reprocho el tiempo que desperdicié en tal o cual asunto. Eso siento frente al caso Epstein, del que sabemos más en la medida en que se leen los archivos desclasificados.
Rumiando la nuclear contradicción escribo estas palabras para buscar una autojustificación. Tal vez debería estar mirando el suave recorrido del río Guayas, como en días de mi juventud, cuando las conversaciones con el compañero que venía cada año por vacaciones y acodados en el viejo malecón, revisábamos lecturas y vidas. Hoy soy un ser sofocado y rabioso, girando en la baldosa de su vida, inútil frente al horrible giro del mundo.
Lo supimos desde que el protagonista del mentado caso nos “regaló” su rostro impreso en todos los periódicos del mundo, cuando se suicidó en la cárcel de Nueva York, en 2019, pese a que ya venía de juicios y encarcelamiento, que sus abogados habían blanqueado lo suficiente para que pasara poco tiempo apresado y viviera ese tiempo con privilegios. Desde entonces su nombre se ha mantenido dentro de los informativos por sus relaciones con otras personas; su cómplice sí fue castigada con larga condena; que hayan sido sus huéspedes, connotados personajes del mundo empresarial y político, los ha puesto a ellos a negar, desmentir y suavizar los hechos ocurridos en las nocturnas incursiones a sus palacetes.
Imagino que la historia personal de este “triunfador” hará soñar a quienes creen en el poder de las finanzas, porque de ser un judío de clase media escaló posiciones y amasó fortuna aceleradamente, al punto de convertirse en el asesor estrella de quienes querían salvar o multiplicar su dinero. Dueño de mansiones y de una isla que convirtió en su paraíso personal tejió una red de relaciones con innumerables poderosos, que gozaron de sus invitaciones “especiales”. No se trataba de meras fiestas, sino de pasar al premio final: acceso carnal a menores de edad. Su preferencia sexual –la pedofilia– se convirtió en la forma de agasajar a los hombres que ocupaban en su escala de atenciones, el puesto mayor.
Muchas preguntas se van tejiendo en la mente del receptor a medida que nos enteramos de quiénes aparecen en la lista de la correspondencia y acceso directo de Epstein. De Donald Trump nada nos sorprende. Bill Clinton dejó en claro su doble moral con su propio escándalo. Pero que Bill Gates haya estado 47 veces en nexos con este gran “amigo” (que él ahora zanja con solamente “fue una insensatez”); un exministro francés; el infeliz de Andrew Mountbatten Windsor (que jamás volverá a ser nombrado príncipe), Deepak Chopra y nada menos que el mayor intelectual norteamericano de izquierda Noam Chomsky (lo he visto en una fotografía, sentado en un avión –a todas luces privado– junto al depredador), abisma a cualquiera. ¿Qué tienen en común esos señores? La respuesta es única: que son hombres y –esto ya es una suposición– que el sexo perverso y la posibilidad de hacer dinero, les resultó atrayente.
Quien requiere a gritos de una nueva educación no es la mujer, son los varones. (O)