El escenario informativo nacional está repleto de analistas. También de opinadores, llamados popularmente “opinólogos”, de las más variadas temáticas y capaces de, sin tener toda la información, emitir las más severas sentencias.
Los hay en las transmisiones radiales matutinas y ni qué decir de los programas de formato entrevista que la televisión mantiene temprano por las mañanas, que, a pesar de su cada vez más reducida audiencia, siguen de pie porque lo que sí es cierto es que le dan tema de discusión a ese reducido grupo al que le suele interesar el destino del país.
Aparecen los opinólogos como fuentes en toda una diversidad de reportajes y despachos de noticias. Y ni qué decir del mundo deportivo, donde la “prensa especializada” se siente con absoluta libertad de opinar y decir sapos y culebras del mismo jugador al que cinco minutos antes había ensalzado (si no hizo tal especialización en una universidad del exterior, no cabe el término, porque no hay tal especialización plenamente en lo local).
Y todo lo dicho no está del todo mal, pero se lo hace muy poco bien. Porque, si a falta de fuentes abiertas buscamos paralelamente a los “especialistas en el tema”, hay por lo menos que cerciorarse de que sí lo sean; que muestren medallas en el pecho por haber tratado dicha realidad; que conozcan algo por haber estado dentro del mundo privado o público al que se van a referir; que no tengan deudas judiciales pendientes con el sector al que se están refiriendo; y, sobre todo, que estén dispuestos a “mojar el poncho” por una convicción antes que divagar en “escenario 1”, “escenario 2”, “escenario 3” y a veces ni así le atinan.
¡Qué daño se le hizo al periodismo desde la primera década de este siglo!, cuando empezó a operar el aparato represivo que en 2013 parió la Supercom, y con ella el proceso sancionatorio de todo lo que el poder rechazaba. Y la violencia intelectual que encerraban las abruptas réplicas y rectificaciones, desde el accionar de los funcionarios de la época.
Desde entonces las fuentes que tenían de verdad la información, sean oficiales o extraoficiales, se cerraron pues todo se manejaba con criterio propagandístico a través de los discípulos de Goebbels, y aquello de “miente, miente, que algo queda”.
Fue en esos tiempos en que los analistas y opinadores pasaron paulatinamente a convertirse en fuentes, algunos de ellos escondiendo o camuflando su corazoncito ideológico; otros también con muchas ansias de protagonismo. Y desde 2007, pronto dos décadas, no ha podido ser plenamente corregido por el cierre aún no superado plenamente de las fuentes, las que de verdad tienen la información. La facilidad de acceso que muchos opinadores ansiosos dan a los reporteros ha malogrado también la reportería, porque la nueva generación, dotada de las tecnologías, quiere hacerla desde su escritorio y por Zoom antes que estar sentado dos, tres horas en una sala, o en los exteriores de un restaurante, hasta que el funcionario, dignatario o personaje, la fuente de verdad, lo atienda, como era normal antiguamente.
Volver a las fuentes. Al valor de conseguir una explicación que otro descartó por pereza. Ese es el reto. (O)