La confrontación entre Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América, y el papa León XIV no surgió de una simple diferencia de temperamentos; viene de un conflicto más profundo: la guerra con Irán y el lenguaje empleado para justificarla.
Lo inmediato fue la crítica del papa a la amenaza de destruir “toda una civilización” en Irán, frase atribuida a Trump en el contexto de la crisis. Para León XIV, ese fue un lenguaje inaceptable y, después, dijo que Dios no bendice la guerra ni puede ser invocado para legitimar bombardeos o actos de devastación. Trump respondió con dureza, descalificando al pontífice en redes sociales como débil e incompetente en política exterior. El papa, sin entrar en un duelo personal, contestó que no teme a esa presión y que seguirá hablando contra la guerra. Hasta aquí, los hechos. Lo verdaderamente importante está en el significado de esa confrontación.
No se trata solo de una disputa entre un jefe de Estado y una autoridad religiosa. Se trata del choque entre dos lógicas: la lógica del poder y la lógica del límite moral.
Trump expresa la convicción de que el régimen de los ayatolas representa una amenaza real no solo para Israel, sino también para la estabilidad de Occidente. Y esa percepción no carece de base. El régimen iraní no es un adversario ordinario: es una teocracia autoritaria, hostil al pluralismo, represiva con sus disidentes y profundamente restrictiva de la libertad religiosa, especialmente frente a cristianos conversos, minorías religiosas y opositores. No estamos ante una democracia defectuosa, sino ante un poder que ha hecho del fanatismo ideológico y religioso parte de su identidad política. Pero no sería legítima cualquier respuesta.
Ahí aparece León XIV, cuya intervención ha sido entendida por muchos como una defensa de Irán, y hasta como una absolución moral del régimen. Pero lo que el papa parece recordar es algo distinto: que una civilización no se defiende solo por su capacidad de derrotar a sus enemigos, sino también por su capacidad de no parecerse a ellos. Cuando el lenguaje político se desliza hacia la aniquilación, cuando la guerra se reviste de un tono casi redentor o cuando se presenta la fuerza como único argumento, Occidente empieza a poner en riesgo aquello mismo que dice proteger.
Sin embargo, también sería ingenuo ignorar la naturaleza asimétrica de este tipo de conflictos. Hay regímenes dispuestos a inmolarse, a sacrificar a sus propios ciudadanos y a convertir el sufrimiento humano en arma política. Esa disposición altera la geometría moral de la guerra y vuelve insuficiente cualquier pacifismo abstracto. El problema no es escoger entre Trump y León XIV. El problema es cómo enfrentar a un enemigo fanático sin renunciar a los principios que distinguen a Occidente de sus adversarios.
Trump recuerda que el mal existe y que no se lo detiene con frases piadosas.
León XIV recuerda que tampoco se lo combate legítimamente de cualquier modo.
Entre ambos no se ha alcanzado un punto de equilibrio. Pero su confrontación deja planteada la pregunta esencial de nuestro tiempo: ¿cómo ejercer firmeza sin barbarie y cómo defender la paz sin caer en la ceguera? (O)