Ha sido mi media naranja por casi veinte años. El yang de mi yin. Ella fría y yo caliente. Yo impaciente y apocalíptica, ella incansablemente demostrándome la existencia de dos conceptos para mí desconocidos: seguridad y permanencia. Tantas cosas que al inicio de nuestra relación me daban miedo hoy son mi dicha y libertad: montar en bicicleta por la ciudad, enamorarme de las estrellas en medio del parque oscuro, caminar por las calles perdida en ensoñaciones históricas y construyendo mis propias historias, hablar su lengua que al inicio me pareció inconquistable y a la que hoy abrazo como la amo a ella: con todos nuestros errores.

Alemania me conmueve por la humildad con que asumió su pasado atroz y a las enmiendas y perdones sumó el compromiso de un futuro donde no lo repetiría jamás. Me preocupa verla hoy endeudada con matones desvergonzados y a merced de billonarios fascistas que buscan despertar su lado oscuro. Pero confío en su pueblo determinado e independiente con su tierno lado infantil que lo lleva a creer que se puede llamar almuerzo a una papilla de mijo o un tazón de arroz con leche. Pueblo privilegiado que sabe y viaja mucho, pero insiste avergonzado en que habla “solo un poquitín de español”. Me enamora su fascinación por la naturaleza exótica y local, la tenacidad con que llevan a sus hijos al bosque llueva, truene o relampaguee. A fin de cuentas, “no estamos hechos de azúcar”, dice su refrán más idiosincrático.

Yo sí creía estar hecha de azúcar de la cabeza a los pies. No era robusta ni estable como sus helados brazos la primera vez que me abrazó mientras caminábamos en invierno y yo repetía diluyéndome en lágrimas: Esto es demasiado duro, cómo se puede vivir así sin sol bajo el cielo gris durante meses que parecen años. Pero entonces empezaron nuestras primaveras y se me fueron abriendo los ojos al renacer de la luz y los colores. La gratitud me devolvía el almíbar que había salado el invierno. Hemos crecido juntas, Alemania y yo. Ella se ha vuelto más diversa y divertida; yo, menos soluble.

Las estaciones me han convertido en cartógrafa de los árboles de la ciudad. Sé dónde está el ginkgo, de cuya inmensa copa llueven hojas de oro en otoño; los magnolios, donde un glorioso día de marzo se abren cientos de flores de una belleza delicada y bestial. Las exigencias de su clima y su sistema me han endurecido el cuerpo, pero la libertad y la seguridad que me ha dado para soñar y añorar me han ablandado el alma. No me ha exigido exclusividad. He seguido pensando en español y bailando merengue, riendo a carcajadas y desayunando bolones. A contracorriente, sí, y a veces muy sola.

Este amor ecuatoriano-alemán por fin ha sido santificado por la ley y certificado con un pasaporte al que he puesto sobre un altar rodeado de velitas para rezarle cada noche. Es telenovelesco lo que he sacrificado por esta pasión: el abrazo cálido de la familia y las amigas de la infancia, mis melancólicos atardeceres andinos, mi lengua viva restringida a una cátedra o una columna, una imposición amorosa sobre mis hijas, un exotismo, un amante secreto al que frecuentas cuando nadie te ve porque nadie lo comprendería. (O)