La historia de Punch, un mono bebé –rechazado por su madre– ocupó la atención en las redes sociales. Aquel fenómeno se presenta en diversas especies: gatos, perros, monos y lastimosamente entre seres humanos. Pero, la particular circunstancia del pequeño primate se hizo tendencia, al sumar millones de notas de empatía, expresiones de afecto y preocupación.

La empatía es la capacidad de comprender los sentimientos de los demás. Y el abandono del mono fue perfectamente comprendido por la gente; mucho más, cuando los cuidadores del zoológico japonés al que pertenece Punch decidieron colocar un muñeco de felpa en reemplazo de su madre, un artificio ideado como sustituto del afecto real.

Y aquello es extraordinariamente parecido a lo que pasa en la actualidad, las personas carentes de acogida afectiva encuentran en lo artificial el reemplazo de las manifestaciones de cariño y de amistad. Poco a poco en lugar de juegos reales, muchos niños y jóvenes prefieren amigos artificiales.

La historia alcanzó más seguidores cuando el pequeño mono mostró capacidad de resiliencia, de seguir adelante a pesar de las circunstancias. Y es esta última acción en la que quizá muchos se sintieron reflejados, porque a pesar de que hoy el mundo se ha vaciado de relaciones genuinas y confluyen las relaciones virtuales, hay personas que superan la soledad, el acoso y las dificultades y siguen adelante.

En teoría, la empatía funciona gracias a las neuronas espejo. Es decir, al ver una situación triste, las neuronas espejo facilitan la conexión emocional, la comprensión profunda de lo que le pasa al otro. En el estudio alemán titulado Reduced categorical congruence of cognitive and affective empathy in persons with psychotic disorders, elaborado por Morini y otros (2026), explican que “La empatía abarca la capacidad de reconocer los estados emocionales de los demás (empatía cognitiva), ajustar los propios sentimientos en consecuencia (empatía afectiva) y desarrollar la motivación para brindar apoyo (empatía compasiva)”.

Pero, la empatía está anulada en personas psicópatas. Es decir, que son indiferentes frente al que sufre. De ahí que la historia del mono pequeño resulta conmovedora en sí, por la reacción de la gente. Ojalá esa misma reacción de empatía se despertara para solucionar el problema de los miles de viejos abandonados, personas sin empleo y las familias azotadas por la violencia.

Según Morini y otros (2026), la ausencia de empatía está correlacionada con la falta de motivación para ayudar a quienes sufren. De esta manera, el estudio arroja luces para juzgar nuestro actuar cotidiano.

Pero, salvo en el caso de daño estructural, una persona y una sociedad pueden volverse más empáticas a través de programas de entrenamiento y educación socioemocional. Y aquello nos vendría bien particularmente en Latinoamérica. Y quizá los Estados deben entrenar a sus funcionarios y gobernantes para desarrollar empatía y con esa herramienta dirijan mejor las sociedades.

Esperemos que la emoción que despertó en el mundo Punch sirva para que la gente se conmueva respecto a los migrantes, a los que sufren, a los discriminados y abandonados del planeta. (O)