Toda leyenda tiene algo de verdad y algo de ficción, es el caso de la historia de don Julián, que narra cómo y por qué, a principios del siglo VIII, entraron los musulmanes en España. Los árabes en 80 años avanzaron desde la Meca, en medio de Arabia, conquistaron toda la orilla sur del mar Mediterráneo, hasta las playas del océano Atlántico. Varias potencias disputaban la estratégica zona. Poco antes del año 700 d. J., era territorio del Imperio Romano de Oriente, nombre oficial del Imperio Bizantino, hay evidencia de que el “conde” don Julián era su gobernador, pero no se sabe a qué nación pertenecía. No se descarta que haya sido bizantino, pero es tanto o más posible es que haya sido bereber, es decir de la etnia entonces cristiana que todavía hoy puebla el norte de África.
A los invasores solo les faltaba apoderarse de Ceuta, la última ciudad que quedaba en manos de don Julián. Caída esta urbe los islámicos podrían saltar el estrecho de Gibraltar, con lo que Europa estaba abierta. La región también interesaba a la España de los visigodos, pueblo germano que había conquistado la península ibérica. Estaban muy cerca, apenas cruzando el estrecho, pero su reino estaba entonces en crisis por disputas intestinas. Casi seguro que Julián no fue visigodo y ni vasallo de los reyes de España. Lo que se sabe es que los musulmanes le arrebataron el puerto de Tánger, tras lo que pactó ayudarlos a cruzar a España y dominarla. Hasta allí la historia.
En cambio, “cuenta la leyenda” que Julián era un conde visigodo que gobernaba el actual Marruecos en nombre del rey español. Tenía una bella hija, Florinda, quien fue forzada o burlada (hay versiones distintas) por el monarca don Rodrigo. Se quejó la joven del engaño a su padre, quien juró vengarse y lo hizo ayudando a los islámicos. En todo caso, ni en la leyenda ni en la historia, se sabe de Julián después de la batalla de Guadalete (711 d. J.), en la que los sarracenos “molieron a palos” a los cristianos y, en pocos años, se apoderaron de la península ibérica, de la que no salieron en ocho siglos (1492 d. J.).
Sucede que recientemente han surgido unos cuantos “julianes”, que están colaborando activamente con la creciente islamización de Europa, en especial favoreciendo procesos de inmigración indiscriminados. Entre los migrantes hay de todo, entre ellos muchos que no vienen a integrarse en las sociedades occidentalizadas, sino a reproducir en barrios y poblaciones enteras la vida de los países que dejaron “por falta de oportunidades”. Ciertamente no es una invasión masiva y violenta como la del siglo VIII, sino una paulatina filtración, pero en ella se camuflan activistas islamistas, cuyo propósito expreso es construir estados sometidos a la sharía musulmana. A estos a veces les agarra la prisa y ponen una que otra bomba. A nadie han hecho sufrir tanto los islamistas como a las sociedades islámicas en las que penetraron; eran países progresistas (Irán, Líbano, Egipto, Siria, incluso Afganistán) de los que se apoderaron para instalar tiranías retrógradas que los han devuelto a la Edad Media. Increíble, pero no han faltado “juliancitos” que protestan cuando las potencias occidentales pretenden destronar una de estas dictaduras. (O)