En las aulas enseñamos a las nuevas generaciones que hay un mundo de posibilidades y que si alcanzan un título será una llave para muchas puertas y que conforme ganen experiencia serán más valorados. Y para entusiasmarles mostramos cómo avanzaron los derechos de las mujeres, de los grupos étnicos y de las minorías.

Pero hace unos días, una profesional se presentó a una oferta laboral; con una carpeta muy competitiva, fue llamada para una entrevista final. Pero, al llegar, fue juzgada porque su figura no encajaba en lo que el empleador necesitaba, “alguien con buena presencia”.

Y aquello resulta desolador porque contradice lo que creemos y lleva a verificar que hay límites invisibles que impiden el acceso al trabajo. Y mientras constatamos el dolor real de muchas personas, se evidencia que las organizaciones siguen discriminando.

Hoy surgen nuevas discriminaciones, como el “edadismo” y la “gordofobia”. Ser viejo y gordo es una combinación desafortunada. Lo que resulta irónico, porque todas las familias tenemos a alguien viejo, con sobrepeso y desempleado.

Las sociedades se han vuelto intolerantes con las personas obesas y grandes. Y resulta doloroso cuando se juzga rápido a la persona gorda y vieja, como si fuera su decisión estar con sobrepreso o envejecer.

Lastimosamente, cada vez más prácticas y discursos consolidan la inclusión solo de determinados fenotipos. Las personas gordas se ven sometidas a violencia estética, es decir, una comparación permanente con los estereotipos de belleza que circulan en las redes sociales y que ahora se vuelven imposibles, gracias a las nuevas iconografías creadas por inteligencia artificial.

De vuelta a las aulas, debo reconocer que además de dotar a los estudiantiles de conocimientos, herramientas de investigación y principios morales, parece urgente consolidar espacios para discutir la humanidad, la diversidad, la inclusión y la interseccionalidad.

La humanidad es diversa desde sus orígenes, somos de piel dorada, blanca, rosada, amarilla, todas hermosas y surgidas tras adaptaciones biológicas históricas. Y para que la humanidad sobreviva requiere incluir a todos con sus edades, cuerpos, con sus límites y posibilidades, porque son esas características diversas las que nos permitirán pensar respuestas que sirvan para contextos y situaciones diferentes.

Está claro que no somos homogéneos. Pero sí queremos igualdad para acceder a trabajo, salud y oportunidades, sin que se nos juzgue por la edad, el tamaño del cuerpo, el género u otra característica.

Pero cada día somos más impacientes, intolerantes y creamos barreras que impiden que se alcance la felicidad. Y esas barreras se convertirán en barrotes que pueden aniquilarnos. Por la intolerancia, cada día preferimos jugar en espacios artificiales, crear avatares con figuras humanas imposibles o planeamos reemplazar a otro ser humano con un robot.

Espero que la discriminación no destruya el corazón de más personas que con esperanzas bajo el brazo van en busca de empleo y se chocan con barreras que hemos ayudado a construir a través de dar like a realidades inventadas, mientras condenamos al desamparo a humanos de verdad. (O)