La venta de Diario EL UNIVERSO marca el cierre de un ciclo histórico para el periodismo y la vida democrática del Ecuador. Durante 104 años, cuatro generaciones de la familia Pérez sostuvieron no solo una empresa periodística, sino una convicción: que la prensa libre es un pilar insustituible de la república. La semana pasada, al anunciar su decisión de transferir la propiedad del mayor diario del país a un importante grupo inversor multimedios, dejan tras de sí una huella que trasciende balances financieros y cifras de circulación.

En los años más duros del correísmo, cuando el poder político buscó disciplinar a la prensa crítica, el Diario asumió un costo altísimo por defender su línea editorial. El enfrentamiento con el Gobierno de Rafael Correa no fue una metáfora: implicó juicios millonarios, sentencias desproporcionadas y el riesgo real de perderlo todo. La familia propietaria no solo defendió un nombre comercial; arriesgó su patrimonio y su tranquilidad personal en nombre de un principio mayor. En tiempos en los que muchos optaron por el silencio, la autocensura y otros, por recoger las migajas que caían del festín revolucionario de fondos públicos, el Diario decidió resistir.

En ese pulso, el periódico se convirtió en un símbolo para amplios sectores de la sociedad que veían amenazada la pluralidad informativa. La defensa judicial, nacional e internacional fue también una defensa del derecho de los ciudadanos a estar informados sin tutelas ni imposiciones.

Sin embargo, la épica no paga las cuentas. La migración de audiencias hacia plataformas digitales, la caída sostenida de la publicidad impresa y la necesidad de invertir en tecnología, talento y nuevos formatos exigen capitales cada vez mayores. Para una familia que, por expreso mandato constitucional, no puede participar en otros negocios rentables que subsidien esas inversiones, el margen de maniobra se volvió estrecho. Sostener la independencia editorial con recursos limitados termina siendo una carga difícil de sobrellevar.

La decisión de vender no debe leerse como una claudicación, sino como un acto de realismo y una apuesta por cuidar el legado. Los propietarios entregan un diario consolidado como líder indiscutible en audiencia, lectoría y visitantes digitales en el país. No se trata de una marca debilitada, sino de una institución sólida, con credibilidad y músculo informativo. Ese es, precisamente, su principal activo: la calidad editorial construida durante más de un siglo.

Ahora la responsabilidad recae en los nuevos dueños. El desafío es doble. Por un lado, mantener intacto el compromiso con la verdad y el escrutinio del poder; por otro, impulsar la transformación digital que permita recuperar la rentabilidad sin sacrificar principios. Sin lo primero, lo segundo es imposible. Confiamos en que sabrán estar a la altura. Porque más allá de nombres y accionistas, lo que está en juego es que los ecuatorianos sigamos contando con un bastión de la libertad de prensa y, por extensión, de la democracia. La historia que comenzó hace 104 años no termina con una venta; entra en una nueva etapa que exigirá visión, coraje y coherencia.

A Carlos, César y Nicolás, mi gratitud, admiración y amistad. Larga vida a Diario EL UNIVERSO. (O)