Hace unos meses escribí en esta columna que lo que estábamos viviendo era una “incertidumbre radical”, pues consideré que la alteración del orden mundial por parte de la Administración del presidente Donald Trump había provocado un sacudón a los fundamentos de las relaciones internacionales que, a la vez, está causando un cambio en el comportamiento de todos los actores internacionales.
Los acontecimientos recientes me llevan a reflexionar que estamos asistiendo no solo a la desintegración del sistema de equilibrios y contrapesos que habíamos intentado construir tras la II Guerra Mundial, sino también al inicio de un ciclo en el que predominan el uso del poder y el imperio del caos.
El mundo atraviesa una etapa en la que el caos se ha convertido en el vector determinante. Quienes somos profesionales de la diplomacia y la negociación hemos estudiado la teoría de los juegos para comprender cómo se toman decisiones estratégicas en contextos de interacción carentes de orden y de estructuras lineales. Esto implica que alteraciones pequeñas –y muchas veces imperceptibles– pueden generar resultados desproporcionados que desequilibran el sistema, parcial o integralmente. En este entorno, quienes toman decisiones deben considerar variables dinámicas en múltiples dimensiones.
Estamos asistiendo a un agravamiento de la incertidumbre, lo que implica un futuro inherentemente inseguro, lleno de riesgos y en el que una decisión equivocada puede afectar la vida de millones de personas. En escenarios caóticos, se requiere un enfoque capaz de analizar la interacción compleja de múltiples factores y de adoptar una visión holística de sus efectos, tanto globales como nacionales. A ello se suma la ausencia de certezas a mediano y largo plazo, configurando un problema de gran envergadura, que puede afectar a las naciones del mundo obligadas a navegar en un entorno de contradicciones y decisiones imprevisibles.
Quizás los analistas que diseñaron la teoría del caos nunca imaginaron que viviríamos estas condiciones en un escenario internacional de alcance global. Pero sí anticiparon que en contextos de alta complejidad sistémica las decisiones tienden a volverse más emocionales, generando consecuencias imprevisibles.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nuestra realidad? Basta observar cómo una guerra en Ucrania puede alterar el precio del trigo que el Ecuador importa, porque destruimos los sectores de cultivo de la gramínea sin tener en cuenta que la dependencia externa nos esclaviza y que dependemos de por vida de los proveedores internacionales. Asimismo, los conflictos en el golfo Pérsico afectan el mercado petrolero, lo que incide directamente en el precio de los combustibles que importamos, dada nuestra limitada capacidad de refinación. Son apenas dos ejemplos de la disonancia entre realidad y aspiraciones.
Estos problemas se arrastran por décadas, pero se intensifican en un entorno en el que predomina el caos. Se avecinan tiempos de cambio y turbulencia, por lo que resulta imprescindible comprender que solo mediante unidad nacional será posible enfrentar los retos de un sistema internacional cada vez más incierto. (O)










