A finales del siglo XX el Ecuador experimentaba uno de los momentos más complejos de su historia. El desplome de su sistema financiero provocó una crisis social sin precedentes. En esas circunstancias, y con una visión de comunidad que trascendía la perspectiva exclusivamente médica, un grupo de personas tomó la decisión de fundar Kimirina. Era el año 2000. Esta historia se entrelaza con las historias de las voces apagadas. Desde el primer caso detectado de VIH o virus de inmunodeficiencia humana en el Ecuador en 1984, hasta 2020, se han contabilizado 19.674 víctimas de esta enfermedad. ¿Cuántas más murieron sin registro? ¿En el anonimato y la vergüenza? Estas personas no fueron solo cifras. Estas personas tenían sus proyectos de vida, tenían sueños, promesas, palabras que en muchos casos no interesaron a nadie.

La escritora estadounidense Susan Sontag advirtió que así como hay un reino de los sanos, hay uno de los enfermos y que todos poseemos, inevitablemente, una doble ciudadanía que llegado el momento nos obligará a identificarnos dentro de la comunidad de los enfermos. Quizá hemos vivido, gran parte de nuestra historia, en la ilusión de que los Estados modernos deben diseñar normas, políticas públicas y acciones solo destinadas a preservarnos en el reino de los sanos, porque el uso de ese otro pasaporte que tenemos, el de enfermos, nos empuja a los seres humanos al ostracismo, a la vergüenza o a la indefensión. Esto no es así o no debería serlo. Y esto es lo que más valoro de quienes fundaron Kimirina hace cuarto de siglo: la capacidad de ir a contracorriente y desafiar las nociones estigmatizantes.

Por supuesto que un hito fundamental en esta historia se consagró con la Constitución de 2008, que determinó en su artículo 11, numeral 2, la prohibición de discriminación a quienes sean portadores de VIH y la necesidad de que el Estado adopte

las medidas de acción afirmativa que promuevan la igualdad real en su favor. ¿Cuánto contribuyó Kimirina a que este debate sea tan relevante en nuestro país? No podemos cuantificarlo, sin embargo, sí reconocerlo a lo largo de estos 25 años de historia institucional. Kimirina, en estos años, ha guiado los esfuerzos del país e incluso ha ilustrado al propio aparato estatal el camino a seguir para responder a esta pandemia.

Resulta, entonces, fundamental reflexionar en el instante en que esta organización nació, pues quiero pensar que el haber optado por una palabra de la lengua kichwa, que significa “acercarse para hacer algo juntos”, no fue coincidencia y ese detalle preserva, aún, el poder de iluminar el futuro de Kimirina y del país. Y es que el pasado, en el mundo andino, es la clave, la fuerza o la luz que nos guía hacia el porvenir. Estos 25 años serán, por tanto, la brújula para seguir construyendo su historia. Y tal vez esa es la contestación más sincera a la duda sobre la motivación de quienes fundaron Kimirina, en un momento tan difícil de la vida nacional: la intuición de que frente a los derrumbes que hay en la vida y en los cuerpos, es posible seguir caminando hacia adelante, en comunidad, durante un primer cuarto de siglo y mucho más. (O)