La ciudad de los cuatro ríos. La ciudad de la cultura y el emprendimiento. La urbe que adorna –como Patrimonio Cultural de la Humanidad– al Austro ecuatoriano, acaba de cumplir 201 años de independencia. Y el acontecimiento obliga: aunque con un evidente abandono gubernamental –el aislamiento vial es el mejor ejemplo-, con una deficiente administración local –doce por ciento de aceptación, según los últimos reportes– a sus ciudadanos no les queda más que reconocerse y celebrarse como los verdaderos cultores de su desarrollo y presencia en el contexto nacional. Así, los 201 años son motivo de homenaje en el profundo sentir del ciudadano que ama su tierra, para agradecer tiempo y espacios compartidos en una de las ciudades más bonitas del Ecuador, engalanada con atractivos urbanos y naturales únicos. La vía oficial para evidenciar la gratitud tanto a personas cuanto a instituciones, es la entrega de preseas y acuerdos en la sesión solemne que hasta hace poco –más o menos los últimos cinco años– recibía al presidente de la República como su invitado especial (hasta que Moreno y su ministra Romo llegaron a cercar con vallas y policías como suelen cercar Carondelet, el centro de la ciudad en la que se recuerda como la peor visita de un mandatario).
Los homenajeados de este año fueron, con sobra de merecimientos, Marcelo Alarcón López, exfuncionario municipal con la insignia post mortem Municipalidad de Cuenca. La insignia Fray Vicente Solano fue para la investigadora, docente, escritora María Augusta Vintimilla; la insignia Benigno Malo para la Corporación Azende; mientras que la insignia Gaspar Sangurima se entregó a familiares de la artesana Rosa Méndez (+).
La pianista Janeth Alvarado recibió la insignia Francisco Paredes Herrera; la insignia María Cordero y León fue para Beatriz Guerra y Sandra López; mientras que la Fundación Santa Ana obtuvo la insignia Carlos Crespi. La insignia al Mérito Turístico recaerá en el emprendimiento comunitario ‘El Boquerón’. La insignia Hernán Crespo Toral se compartió entre Marlene Ullauri, restauradora, y Macarena Montes, historiadora. Todos indiscutiblemente merecidos.
Y como iniciamos este comentario remarcando olvidos e ingratitudes, quisiera sumar uno más sin desmerecer en nada los galardones ya enumerados: en determinados círculos locales se sintió con fuerza la ausencia entre los homenajeados, del escritor y periodista Eliécer Cárdenas Espinoza, recientemente fallecido. En Cuenca no lo recordamos solamente por su obra cumbre –Polvo y ceniza– sino como el bibliotecario municipal y –designado por el propio cabildo municipal– el Cronista Vitalicio de Cuenca. De ágil, mordaz y cáustica pluma, este ciudadano cañarejo de nacimiento, pero cuencano de obra y corazón, dejó una profunda huella en la defensa de la ciudad a la que amó, y lo hizo por igual desde la literatura cuanto desde el periodismo. Tanto desde la dirigencia en instituciones culturales, como en agremiaciones de periodistas.
El silencio municipal no solamente fue al momento de su muerte, sino en este acto trascendente. Es necesario recordarlo como el influyente escritor que acogió esta como su ciudad. (O)





