Desde los 80 cuando adolescentes aprendimos la canción de Numhauser en la voz inolvidable de la Negra Sosa (Cambia, todo cambia), no hay manera de no revivirla a menudo en nuestro recorrer como ecuatorianos. Sea por la gente, familia que migra o por el destino que da vueltas en la política nacional, así vivimos con las frases regresando en cada vuelta.

Cambia lo superficial... como el tamaño de una página de periódico o el acceso a pagar para leerlo. Cambia también lo profundo como los dueños y una historia centenaria que termina en un mensaje corto de WhatsApp de un amigo: “se vendió el diario”. Cambia el modo de pensar, aunque se diga que se mantiene. La vocación de ser columnista es dudar, buscar más información para poder argumentar –en contra corriente muchas veces–, con la esperanza de que alguien vea distinto lo que antes creía asentado.

Estoy muy agradecida a EL UNIVERSO por darme casi dos décadas de libertad para expresar mis opiniones a un público amplio y diverso. Parte de esa libertad ha sido ver en la misma página a columnistas con posiciones opuestas ideológicamente, dando oportunidad a los lectores a salir de la zona de comodidad, pero sobre todo siempre alimentando nuestra curiosidad y aprendizaje.

Escribí aquí sobre temas controvertidos –aborto, legalización, unificación de sistema de salud con servicios provistos solo por el IESS, manipulación de datos y por ende información falsa usada como propaganda, poca institucionalidad, problemas de FF. AA., Policía, los niños asesinados de Las Malvinas, etc.– sin tener mayor problema en continuar la discusión en medios electrónicos. Sin embargo, cada vez más las discusiones se vuelven terminales con muchas personas, incluso cercanas, desistiendo o rindiéndose ante la disidencia: “mejor no discutir”, ¿es mejor no hablar, alejarse?

Ha sido duro sentir la presión de políticos por discrepancias con sus visiones, pero es aún peor que las diferencias casi se prohíban en situaciones sociales. Podría culpar al correísmo de aquello –una corriente política que dividió desde familias hasta el país–, pero al ver la situación actual, es probable que la fatalidad de las dicotomías en la política sea solo un síntoma más de la desidia. En esas circunstancias, escribir una columna de opinión es un riesgo que por el momento prefiero evitar.

Mi gratitud a la familia Pérez que valientemente mantuvo su compromiso con el país, incluso ante la vil persecución de pequeños hombres con poder temporal. Hoy sigue el acoso a periodistas y medios en otros lares por hacer bien su trabajo. Ojalá llegue el día que en lugar de autoritarios que gobiernan por casualidades más que por esfuerzo de vida, tengamos políticos conscientes del privilegio de dirigir y de la responsabilidad del legado de sus nombres, otro ejemplo de EL UNIVERSO.

Y siempre, gracias a Álvaro, mi paciente crítico, con este mi amor sin peros.

Pero no cambia mi amor/Por más lejos que me encuentre/Ni el recuerdo ni el dolor/De mi pueblo y de mi gente/Y lo que cambió ayer/Tendrá que cambiar mañana/Así como cambio yo/En estas tierras lejanas. (O)