He tenido la fortuna de convivir y trabajar con personas que considero auténticos líderes. No solo por los cargos que ocuparon o los resultados obtenidos, sino por su calidad humana. Personas que se preocupan genuinamente por el bienestar de los demás, que escuchan inquietudes y aspiraciones, que mantienen la moral en alto aun en momentos difíciles, que toman decisiones con criterio, actúan con honestidad y se apoyan en la experiencia para guiar a otros. Unos nacen con estas cualidades; otros las desarrollan, escuchando opiniones con respeto a la cadena de autoridad o en lo familiar priorizando siempre la estructura y el bienestar del hogar.

En el trabajo, las reuniones periódicas permiten conocer a las personas más allá de sus funciones. En la familia, viajar cumple ese mismo rol. Viajar juntos obliga a conversar, a observar reacciones frente a la incertidumbre, al cansancio o a lo inesperado. Viajar también enseña sobre otras culturas y permite escuchar historias de vida que revelan una verdad común: para vivir con dignidad se necesita algo más que recursos materiales, se necesita esperanza en un futuro mejor.

Durante un viaje reciente con mi suegro confirmé estas reflexiones. Puedo decir que es un líder nato que encarna cinco características esenciales: carisma, capacidad de escuchar con empatía, facilidad de palabra, desprendimiento y credibilidad. Rasgos que son válidos para liderar una empresa o una institución.

En ese recorrido conocimos a un taxista cubano que nos relató su felicidad tras haber emigrado con su esposa y su hijo. Nos contó que en su país ya no veía futuro; hoy respira libertad, tiene trabajo y, sobre todo, esperanza. Otro conductor, venezolano, trabajaba a pesar de padecer una enfermedad avanzada. Su esfuerzo por cumplir con su labor, aun equivocándose en la ruta, nos dejó una lección profunda de dignidad, resiliencia y sentido del deber frente a la adversidad.

En el hotel, el gerente reconoció nuestro acento y nos contó que era ecuatoriano. Habló de sus ilusiones, sus hijos y su deseo de educarlos en un entorno libre y seguro, con la esperanza de algún día jubilarse y regresar a Ecuador.

Hoy observamos con preocupación que muchos jóvenes desaprovechan la sabiduría que emana de la experiencia. Algunos buscan el éxito de forma agresiva, sin límites éticos ni legales, con desenlaces que pueden ser trágicos: despidos, cárcel o incluso la muerte.

Aquí surge una reflexión inevitable: el liderazgo de un gobierno también define la calidad del viaje de sus ciudadanos. Las políticas públicas en seguridad, salud, educación y empleo deben permitir que la vida sea un trayecto digno, con oportunidades reales desde el nacimiento hasta la jubilación, evitando migraciones forzadas y trayectorias truncadas.

La vida es, en esencia, un viaje. En el caso de mi suegro, confirmé que es una persona realizada: como médico dedicó su vida a salvar otras; como ser humano, a preservar la unidad familiar y a dar siempre lo mejor de sí, sin la obsesión por la riqueza fácil. Una experiencia profundamente humana, comparable a la vivida junto a mi padre y mi hermano, que hoy descansan en paz. (O)