Existen experiencias humanas que, para darles un sentido, deben ser escritas. La reconocida escritora Annie Ernaux, muchos años atrás, cuando era estudiante universitaria en Francia, se quedó embarazada. Ella no quería tener un bebé. Los hombres tenemos ideas difusas sobre cuánto esto puede llegar a trastornar el presente y el futuro de una mujer, porque es un suceso que va a decidir el rumbo de muchas personas. Son muy respetables las mujeres que completan el embarazo; y aquellas que no, también. El embarazo está atravesado, a favor y en contra, por discursos ideológicos, extremismos y fanatismos de todo tipo.

La literatura nos evita caer en estereotipos sobre el aborto —y sobre cualquier decisión humana—: una novelista, Ernaux, y una novela, El acontecimiento (2000), proponen abrirnos a comprender la situación de dolor y desconcierto que va aparejada con un embarazo no deseado. En la novela, Ernaux cuenta cómo ella fue sobrellevando la angustia del embarazo: desde el día en que el médico le confirmó su gravidez, casi no pudo vivir, aunque debía continuar cumpliendo sus responsabilidades, pues estudiaba en la universidad y los exámenes y las obligaciones no cesaban. Y el ambiente social y las leyes penalizaban el aborto.

Ernaux experimenta una soledad radical que le impide acercarse a sus padres para contarles lo sucedido; su novio deja de verla; los médicos se niegan a auxiliarla. En la novela la autora no se juzga: ¿quién puede hacerlo en torno a una libre decisión que le corresponde a una persona? Como el aborto es perseguido por la ley, el horror se acrecienta con la necesidad de la clandestinidad, que hace todo más inseguro para la salud de la embarazada, poniendo en riesgo la vida. “Ya no vivía en el mismo mundo”, dice. El aborto clandestino es un suplicio que nadie se merece, incluso si una pareja no ha podido prevenir un embarazo.

En esta novela, Ernaux nos enseña la ambivalencia con que a veces se presenta la ley: “Era imposible determinar si el aborto estaba prohibido porque estaba mal, o si estaba mal porque estaba prohibido”. Y nos muestra la pesadilla —en una sociedad que prohíbe el aborto— a la que están condenadas las mujeres. A Ernaux los médicos la miran como a una criminal; los curas la condenan al infierno; sus amigos se desentienden de su sufrimiento. Por eso se verá obligada a recurrir a una abortera porque el sistema social desoye su necesidad, que es personal, de ella y de su cuerpo. El sistema no ayuda; solo culpa y sanciona.

Ernaux será madre años más tarde: “Hoy sé que debía pasar por esa prueba y ese sacrificio para desear tener niños. Para aceptar la violencia de la reproducción dentro de mi cuerpo y convertirme, a mi vez, en lugar de paso para las generaciones futuras”, afirma. Por esto se requiere en los colegios una educación sexual que permita hablar sobre las diferencias entre chicos y chicas y que esté apartada de los tabúes de la religión y de los de las teorías de género. En la novela, la autora regresa al lugar de la abortera, muchos años después, para recomponer algo que en ella se ha roto, pero que, en su caso, le ha permitido entender algo más del ser mujer. (O)