Una expresión brutal, para describir lo que el Ecuador ha logrado en su régimen penitenciario, el supuesto “sistema de rehabilitación” para las personas privadas de la libertad. Un horror inimaginable que desborda las prisiones y amenaza el funcionamiento de nuestra sociedad. Una regresión a las condiciones más primitivas del lazo social, donde impera la supervivencia de los más fuertes y mejor dotados de armamento, aquellos que desde las prisiones dirigen el crimen organizado y el narcotráfico internacional. Un espanto que hace lucir al ominoso Stephen King y su Redención de Shawshank como una cinta de Disney. Una “solución” a la sobrepoblación carcelaria que desborda al Estado ecuatoriano: que se maten entre ellos ya que son “irrehabilitables”, para que solo queden “los más aptos”, quienes dirigirán —extraoficialmente— el funcionamiento de las prisiones a su modo y conveniencia, ya que ningún funcionario designado puede hacerlo.

Prefiero creer que es una simple coincidencia el hecho de que la masacre más sangrienta y reciente ocurre a raíz del brevísimo paso y la apurada salida de Fausto Cobo de la dirección del SNAI (Servicio Nacional de Atención Integral para las Personas Privadas de la Libertad): un nombre largo y pomposo para tan pocas nueces y tantas muertes. Con ello no quiero decir que la permanencia del general en esa función hubiera impedido que la matanza ocurriera. Simplemente, quiero decir que cualquiera se quema en ese puesto, a menos que salga rapidito. Porque nadie puede triunfar en esa empresa, en la medida que la realidad de nuestras cárceles resume lo irrecuperable de nuestra sociedad.

La semana anterior, Ecuavisa mostró una serie sobre el problema de la basura en la gigantesca penitenciaría de Latacunga, aquella construcción enorme y carente de ciertos servicios básicos que el correísmo construyó para albergar a su vicepresidente y a otras personas. Es como si la producción infinita de los desechos intratables nos representara como sociedad y simbolizara el lugar que los presos tienen en nuestro funcionamiento general.

La cruda verdad sobre nuestro “sistema de rehabilitación” es que no hay rehabilitación posible, cuando ese aparato involuciona experimentando una regresión indetenible hacia los enormes e infernales asilos de la Europa del siglo XVIII. Una realidad infrahumana de la que nada queremos saber, como no sea por el noticiero. Nuestro sistema carcelario es anacrónico en su concepción básica, y no se diga en sus construcciones y en la formación de su personal. Tan anacrónico como nuestro aparato judicial y penal, que sostiene su ilusión de progreso en la dotación de computadoras y aparatos electrónicos, cuando la realidad de sus resultados resucita al Michel Foucault de sus mejores tiempos. Nuestro sistema punitivo nos representa en su retraso y en el lugar de desecho irreciclable que le damos en nuestro funcionamiento general. Además, esa realidad da cuenta del creciente imperio de la criminalidad en nuestro país, en el que las grandes pandillas internacionales se van tomando nuestro territorio y nuestras instituciones. Así, estamos incubando una “pandemia” propia. (O)