La presentación del frente social del futuro gabinete del presidente Lasso fue recibida con beneplácito. La inclusión como ministra de Cultura de María Elena Machuca, artista y gestora de reconocida trayectoria, se inserta bien en ese cuadro de esperanza. Se ve que el nuevo mandatario da importancia a la cultura porque, contra lo que creen los pseudopragmáticos que la desprecian, esta tiene un peso político gravitante. Lo tiene en lo inmediato, porque sus cultores son personas con audiencia, con un aura de respetabilidad, con capacidad de hacerse oír. No desperdicien la experiencia de Macri, cuya impopularidad fue en buena parte alentada por el sonoro “mundo cultural”. Y lo tiene en lo mediato, porque la visión de país que tienen los ecuatorianos no es científica ni jurídica, sino literaria y artística. Para poner ejemplos, los indigenistas, el grupo de Guayaquil y otras corrientes culturales han contribuido más que ninguna acción administrativa o política a crear la conciencia del ser ecuatoriano.

La tarea por delante tiene dimensiones que espantan. El proceso de desinstitucionalización que, en todos los campos, realizó el correísmo debe ser revertido. Empecemos por establecer cuál será el rol de las instituciones públicas en esta área. Hay que devolver a la Casa de la Cultura su papel central, tras someterse a un proceso de desburocratización y de reestructuración. Dentro de una radical autonomía, le conviene una estructura más eficiente que libre a su administración de cabildeos y compromisos. La Casa, así como el ministerio y todas las instituciones públicas implicadas en el sector, deben ser esencialmente eficientes y dinámicas, enfocadas en proporcionar los marcos institucionales y materiales para el desarrollo de las artes y el pensamiento. Es importante involucrar a los sectores no estatales en esta tarea de rescate de la cultura nacional y restablecer en la ley la posibilidad de la libre disposición por parte del contribuyente de una fracción de sus impuestos en beneficio de actividades culturales o benéficas.

Por supuesto, cualquier idea o proyecto necesita de personas capaces y adecuadas para su realización. En este sentido es muy importante renovar los entes culturales que han sido enquistados por un grupo, que ciertamente no es orgánico, pero cuya existencia es evidente. Si bien florecieron con el correísmo su presencia en algunos casos conspicuos data de más de dos décadas. Maestros del acomodo y el camuflaje saben engatusar a políticos y funcionarios de todas las tendencias. Esto no obsta para que sean muy dogmáticos a la hora de excluir a quienes piensan distinto. Hagamos una precisión, su alineamiento político es izquierdista, corriente fuera de la cual no hay paraíso. En estos catorce años del socialismo del siglo XXI incluso se ha marginado a gente de ideología afín, pero que no comulgaba con los postulados de la secta dominante. Entonces, si creemos que la cultura es generadora de identidad, con amplias repercusiones sociales y políticas, hay que abrir estos espacios a todos sin relegar a nadie por sus convicciones. Que sea punto de encuentro y no la esquina del desencuentro. (O)