Cada vez más familias ecuatorianas viven entre despedidas, aeropuertos y videollamadas. Lo que antes era una decisión excepcional se ha convertido en una conversación frecuente en los hogares, quién se va, a dónde y por cuánto tiempo. La migración vuelve a ser parte de la vida nacional, pero esta vez con un rasgo distinto y preocupante. Hoy no solo se van quienes buscan escapar de la pobreza, también migran jóvenes profesionales, técnicos, emprendedores y trabajadores calificados que pese a tener formación y experiencia no encuentran las oportunidades o la estabilidad que necesitan para construir su futuro. Ya no es únicamente una migración por necesidad, es una migración por falta de expectativas.

El problema es más profundo de lo que parece. Cada persona que se va representa años de inversión en educación, esfuerzo familiar y potencial productivo que el país pierde. Ecuador no solo está perdiendo población, está perdiendo talento, innovación y capacidad de crecimiento. Probablemente, y un poco más difícil de demostrar en cifras, es que el Ecuador está perdiendo gente honesta, que podría dar un cambio de timón a la realidad nacional. En términos económicos, esto significa menor productividad futura, una base tributaria más reducida y una economía con menos posibilidades de diversificarse y modernizarse.

Las causas son múltiples y conocidas, como la inseguridad, informalidad laboral, bajos niveles de empleo adecuado, inestabilidad institucional y una sensación generalizada de incertidumbre sobre el futuro que deviene de varias décadas atrás. Para muchos, la decisión de migrar no responde únicamente a una mejora salarial, sino a la búsqueda de un entorno donde el esfuerzo personal tenga mayores oportunidades de progreso y donde la estabilidad no sea una promesa frágil. Mientras tanto, las remesas se convierten en un alivio para miles de hogares y en una fuente importante de divisas para el país. Sin embargo, las remesas sostienen el consumo, pero no sustituyen el desarrollo. Ninguna economía puede aspirar a crecer de manera sostenida si entre sus estrategias de supervivencia está la salida de su propia gente.

El impacto social también es significativo. Familias separadas, niños que crecen a distancia de sus padres y comunidades que envejecen aceleradamente son parte del costo humano de este fenómeno. Esta fricción familiar es aprovechada por los grupos criminales inclusive, que ven en ella la oportunidad de reclutar elementos para el sicariato y extorsión. La migración puede ser una oportunidad individual, pero cuando se vuelve una tendencia masiva revela un problema estructural. El desafío para el país no es impedir que las personas busquen oportunidades fuera, sino crear condiciones que hagan atractivo quedarse. Seguridad, empleo de calidad, estabilidad institucional y un entorno que valore el mérito y el esfuerzo son factores clave para recuperar la confianza en el futuro. Más que preguntarnos cuántos se están yendo, la pregunta urgente es otra: ¿qué estamos haciendo para que quedarse vuelva a ser una decisión posible en el Ecuador? (O)