Hablar de emprendimiento femenino en Ecuador implica hablar de oportunidades pendientes. Aunque miles de mujeres sostienen economías familiares, lideran pequeños negocios y generan empleo, muchas aún enfrentan barreras estructurales que limitan su crecimiento. La desigualdad no solo se expresa en la violencia física; también en la falta de acceso a financiamiento, educación técnica, redes de apoyo y oportunidades en el sistema productivo. Esta exclusión económica perpetúa círculos de dependencia y desigualdad.

En Ecuador, la participación laboral femenina sigue siendo menor que la masculina y las mujeres continúan asumiendo una gran carga de trabajo doméstico y no remunerado. Se suman la informalidad, las brechas salariales y dificultades para acceder a crédito.

Se estima que 7 de cada 10 emprendimientos no logran consolidarse por falta de capacitación, acompañamiento técnico y financiamiento. Mujeres de zonas rurales y amazónicas enfrentan mayores rezagos.

La violencia de género también tiene un impacto económico directo sobre el país. Un estudio de GIZ reveló que la violencia contra la mujer genera pérdidas de alrededor de $ 1.800 millones anuales en productividad para las empresas ecuatorianas. La desigualdad es un obstáculo para el desarrollo económico y empresarial. Prevenir la violencia requiere transformaciones estructurales que fortalezcan la autonomía económica de las mujeres.

En este contexto surgió Vive Mujer, un programa creado en 2018 por las empresas del Grupo Cid para promover la igualdad de género y prevenir la violencia desde el empoderamiento económico. La iniciativa nació tras un estudio liderado por el Dr. Arístides Vara, de la Universidad San Martín de Porres del Perú, que evidenció cómo la violencia afecta también la productividad empresarial.

Uno de los principales aportes de Vive Mujer es comprender que la prevención requiere acción colectiva. El programa combina formación técnica en marketing digital, inteligencia artificial y gestión de costos con procesos de sensibilización sobre violencia y autonomía económica. Además, impulsa alianzas entre empresas privadas, instituciones públicas, organizaciones sociales y cooperación internacional.

En los últimos años, aproximadamente 25.000 personas han sido sensibilizadas anualmente y cerca de 100 mujeres se han graduado de la Escuela Vive Mujer en apenas tres años. Muchas han logrado consolidar sus emprendimientos y acceder a mercados formales.

Iniciativas como esta requieren mayor respaldo del sector privado, recursos estatales y políticas públicas efectivas.

Es urgente ampliar el acceso al financiamiento inclusivo y promover una mayor corresponsabilidad en las tareas de cuidado. En este contexto, el objetivo de desarrollo sostenible 5 de la ONU plantea la necesidad de alcanzar la igual-

dad de género y empoderar a todas las mujeres y niñas. Ecuador aún enfrenta grandes desafíos, pero programas como este demuestran que avanzar es posible cuando existen alianzas, compromiso e inversión social sostenida. (O)