Si alguien tiene aún dudas de cuánto impacta la tecnología en el día a día de las personas del mundo, y de los negocios que cada vez más dependen de ella, que mire con atención lo ocurrido la semana anterior, cuando la cotización de Facebook cerró con pérdidas del 4,4 %, que suponen para sus accionistas, no obstante, un revés de “apenas $ 55 millones”.

Pero más que el monto y la caída, preocupa a los entendidos en finanzas, sociología y sicología su aparente motivación, que confirmaría la fragilidad con que transitan los fenómenos tecnológicos por la cotidianidad. Luego de nueve meses de máximos históricos, esta contrariedad bursátil coincide con una revelación del equipo de investigación periodística de The Wall Street Journal (WSJ): los riesgos que Instagram, la red social de las fotografías, los videos y el glamur, suponen para la salud, física y mental. Riesgos que Facebook, propietario de esa red desde hace 9 años, conocía al poseer estudios detallados al respecto.

“Un 32 % de las chicas dicen que cuando se sienten mal con su cuerpo, Instagram les hace sentir peor”, dice el reporte de WSJ, citando los informes internos del gigante tecnológico. El prestigioso diario explica que los estudios realizados durante tres años detectan en Instagram “amenazas para la salud mental”, en especial para las adolescentes mujeres, al crear un ambiente de “comparación social negativa” que, además, alimenta los pensamientos suicidas, la depresión y la ansiedad. Dicho esto, mire ahora a su alrededor y compruebe cuánta de esa realidad digital investigada en el primer mundo nos invade sin control alguno ni mediciones científicas. Cuántos de nuestros jóvenes, y especialmente las mujeres, como precisa el análisis, deben estar en el mismo enigma depresivo de tratar de aparentar lo que no se es.

El “internet de las cosas” es a estas alturas ya un concepto caduco, porque ahora no son posibles las cosas sin internet. Lo complejo de este panorama es que los gobiernos de países en vías de desarrollo sigan resolviendo problemas de redes de agua potable y alcantarillado cuando, como vemos, son las redes sociales y sus efectos negativos en usuarios desde los 13 años de edad (muchos con trampa, desde antes) los que deben estar arriba en la lista de prioridades.

Situación transversal que requiere del trabajo conjunto de actores sociales, del sector educativo, de bienestar y comunicacional que participen en la formación de un criterio en esos adolescentes rudos y resistentes dentro del hogar, pero a la vez presas fáciles de las fake news y la manipulación digital. Pero si de adolescentes se trata, dicen los que saben, el camino represivo no es el adecuado, porque usualmente logra resultados adversos. Así que los que crean que restringiendo el internet o despojándolos de su smartphone lo solucionaron, es mejor que descarten esa idea.

Crear ambientes de confianza y verdades, con abundante comunicación, podría dar mejores frutos ante esta realidad que, como revelan los estudios, puede llevar a preocupantes niveles de ansiedad. El camino hasta lograr la mejor versión posible de la realidad digital en la sociedad pinta para largo. (O)