Hace 50 años se publicó la primera edición Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), la obra más conocida del gran liberal venezolano Carlos Rangel (1929-1988). Al inicio de su libro Rangel dice algo que todavía es sumamente relevante: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser”. Al escribir mi libro, En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales de Iberoamérica (Crítica, 2025), lo tuve muy presente todo el tiempo. Rangel decía en Del buen salvaje que la historia de Iberoamérica en tiempos de la monarquía española suele ser fuente de vergüenza por doble partida gracias al mestizaje: somos descendientes de los conquistadores y de los conquistados, de los victimarios y las víctimas.

Otro libro de Rangel, mucho menos conocido, pero más profundo y tal vez más relevante hoy es El tercermundismo (1982), en el que el autor ya veía venir movimientos ambientalistas radicales como los antinatalistas y “Extinction Rebellion” al advertir que el socialismo “sería indispensable no para producir más, con menos esfuerzo y más libertad, sino para imponer por la fuerza la austeridad universal y así salvar el equilibrio ecológico del planeta”. En este libro, Rangel también describe a la llamada “moral marxista”, descripción que sirve para comprender como diversos movimientos supuestamente progresistas o defienden activamente dictaduras o guardan silencio frente a sus abusos: “La fuerza o la astucia comunistas serán siempre idénticas con el interés más alto de la humanidad, lo cual exime a los socialistas marxistas-leninistas hasta de la necesidad de conducirse con caridad y decencia comunes en sus relaciones personales y familiares. Hay en todo esto una justificación filosófica sin precedentes para los comportamientos públicos y privados más brutales. La ‘nueva moral’ marxista ha resultado no en un avance en el tortuoso proceso de humanización del ‘mono desnudo’, sino un consternante retroceso. La ‘razón marxista’, si la despojamos de su arbitraria justificación historicista, se revela invariable sirviente del poder, fiel apologista de la policía, cómplice de los torturadores y de los verdugos”.

Advirtió ya en ese entonces en contra del utopismo o romanticismo: “el utopismo es generalmente considerado virtuoso y estéticamente agradable, a pesar de los monstruos políticos que ha generado en la práctica, entre los cuales se cuentan todos los experimentos totalitarios. En cambio, el libertarianismo sufre de cierta desconsideración, por intuírselo fundado en la comprensión de que los hombres son imperfectos y dispuesto a acomodarse a esa realidad, en lugar de proponer construir un ‘hombre nuevo’, un ‘superhombre’”.

Siempre diciendo verdades incómodas, Rangel fue una voz solitaria en una Venezuela que ya poseía claras señales de decadencia. Tanto a los dirigentes políticos como a los empresariales les advirtió que para la democracia liberal “el mal esencial es la hipertrofia del Estado” y por eso era necesario “predicar esa verdad en todas partes, en todo instante, con todas nuestras fuerzas”. Hoy, su legado intelectual es palpable en la retórica de la principal líder demócrata en el país, María Corina Machado. (O)