Ecuador repite cada vez con más frecuencia la frase “transición energética”. Suena bien. Suena moderno. Suena inevitable. Pero en medio de los discursos y promesas, hay una pregunta que el país aún no se atreve a enfrentar con claridad: ¿es posible una transición energética real sin gas natural, o estamos intentando saltarnos una etapa crítica?

Hablar de energías renovables es necesario, pero también es necesario hablar de realismo técnico. Porque una transición energética no se construye con intenciones: se construye con infraestructura, planificación y decisiones difíciles. Renovables, sí… pero no todo el tiempo. La energía solar y eólica son parte fundamental del futuro. Ecuador tiene potencial para desarrollarlas, especialmente en zonas con alta radiación solar y corredores de viento favorables. Sin embargo, estas fuentes tienen una característica que no se puede ignorar: son intermitentes. El sol no brilla de noche. El viento no sopla siempre. Y la demanda eléctrica no se detiene.

Un país no puede depender únicamente de fuentes variables si no cuenta con un respaldo firme que entre en operación cuando las renovables bajan su producción. Y ahí empieza el verdadero dilema. El problema ecuatoriano: dependencia extrema del agua. Durante años, Ecuador construyó una matriz eléctrica basada en hidroelectricidad. En teoría, una ventaja: energía de bajas emisiones y costos competitivos. En la práctica, una vulnerabilidad enorme: si no hay lluvias, no hay energía suficiente.

Publicidad

La experiencia reciente ha dejado claro que el cambio climático ya no es un tema futuro, sino presente. Sequías prolongadas, reducción de caudales y niveles críticos en embalses han puesto al sistema eléctrico en situaciones límite. Cuando eso ocurre, el país se ve obligado a recurrir a la generación térmica. Y aquí aparece otro problema: Ecuador no tiene una estrategia robusta para gas natural, por lo que termina dependiendo de diésel y fueloil, combustibles caros, contaminantes y poco eficientes.

El gas natural: no es el destino, es el puente. En el debate público, el gas natural suele ser tratado como si fuera un retroceso. Pero en la transición energética global, el gas natural ha sido un combustible de transición clave en muchos países, por una razón simple: es más limpio que el diésel y el fueloil, y además es flexible. El gas natural permite respaldar renovables, cubrir picos de demanda y estabilizar redes eléctricas. No es la solución definitiva, pero sí una herramienta que evita apagones y reduce emisiones en el corto y mediano plazo. Es, en términos prácticos, el puente entre el sistema actual y el sistema renovable del futuro. Ecuador no puede seguir improvisando.

Ecuador no ha construido una estrategia sólida para integrar gas natural de forma estructural. Hablar de transición sin desarrollar infraestructura gasífera es como hablar de movilidad eléctrica sin estaciones de carga. Para incorporar gas natural se requiere inversión en terminales de importación y regasificación; almacenamiento estratégico; transporte y distribución; adaptación de centrales térmicas; contratos de suministro confiables. Sin estos elementos, Ecuador seguirá atado a soluciones temporales y costosas. La transición energética debe ser realista, no ideológica. El debate no debería ser “gas sí o gas no”, sino cómo reducir emisiones sin comprometer la seguridad energética. Ecuador necesita una estrategia integral que combine expansión acelerada de renovables; eficiencia energética nacional; modernización de redes eléctricas; incorporación progresiva de gas natural como respaldo; reducción gradual del diésel y fueloil; y la planificación energética con visión de 15 a 20 años. Si no se planifica con pragmatismo, el país no estará avanzando hacia el futuro. (O)

Publicidad

Pablo Cisneros, ingeniero eléctrico, Washington D. C., Estados Unidos