Al realizar una radiografía de la sociedad actual, podemos percatarnos de que existe una incesante búsqueda de seguridad que deviene en una expansión del derecho penal simbólico. Quizás la génesis de este último fenómeno tiene cimientos en el momento histórico y político que hemos atravesado, un hábitat en el cual la corrupción, inseguridad y desigualdad provocan frustración en ciudadanos.

Como indican ciertos autores, la “difusión global del alarmismo y los sentimientos de miedo e incertidumbre” se trata de un sentir que ha ido calando en la población a raíz de la proliferación de crisis económica, preocupación en materia laboral, incremento de terrorismo, degradación, desastres medioambientales, pobreza, mendicidad, criminalidad, política; y en especial despliegue de tecnologías de la información que transmiten en tiempo real nuestro día a día. En este supuesto de ausencia de confianza en las instituciones de un Estado, la liquidez se empieza a hacer presente (sociedad líquida, según Bauman), las normas se multiplican sin ruta clara y la libertad individual pierde la lucha frente a la seguridad. Una vez que llegamos a este punto, el discurso político que importa e impera es de la seguridad, midiendo y justificando todo desde y para esta.

La revolución industrial y la globalización nos convirtieron en una sociedad de riesgo, pero debemos tener en cuenta que una sociedad líquida nos lleva a actuar de manera instintiva y visceral como animales no racionales. El expansionismo penal, la restricción de garantías y la falta de credibilidad en cada uno de quienes conforman el Estado es síntoma de una sociedad enferma que pide a gritos una clara y pronta intervención antes que sea muy tarde. ¡A no perder la fe en el país y no seguir coadyuvando al crecimiento de una sociedad más líquida y menos justa! (0)

Jorge Luis Sánchez Cobo, máster en Derecho Penal, avenida Samborondón