Como un ciudadano más, me veo en la necesidad de expresar mi malestar por el contexto actual en el que vivimos cada uno de los ciudadanos de a pie, frente a la inseguridad en las calles, en las cafeterías, en reuniones de trabajo o negocios, o incluso en un paseo a la playa.

En ese contexto, cabe la pregunta: ¿qué nos está pasando? Hemos normalizado, en nuestras conversaciones cotidianas sea en el entorno familiar, laboral o en una tertulia, lo que hoy es pan de cada día: los nuevos ricos, poseedores de mansiones y carros de alta gama, acompañados de agraciadas señoritas (influencers), ostentando sus adquisiciones y viajes a países exóticos, de difícil acceso para el común de los mortales.

Es inadmisible que, siendo vox populi desde el rumor que se sospecha quiénes están lavando dinero producto de sustancias que afectan la salud de niños, jóvenes y adultos, nuestras instituciones, llamadas a prevenir dichos ilícitos, sean las últimas en enterarse; y que, cuando finalmente ejecutan un allanamiento, lo realicen después de diez días, tiempo más que suficiente para borrar y limpiar cualquier indicio que sirva como prueba.

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Asimismo, hemos perdido la capacidad de asombro frente a la cantidad de muertes violentas. Además, resulta aún más grave y evidente que, existiendo leyes claras y expresas, una vez realizada la detención de delincuentes, paradójicamente fiscales y jueces dejen en libertad a estos delincuentes, quienes son los causantes de que muchas familias, al día de hoy, hayan perdido a un ser querido.

Dicho esto, no puede dejar de mencionarse el actual problema del Consejo de la Judicatura, que ha recibido el rechazo de la gran mayoría de cuerpos colegiados, y ni se diga de la ciudadanía. Por otro lado, la férrea polarización entre dos movimientos políticos constituye una pugna desgastante para el ánimo colectivo de la sociedad. (O)

Adolfo Maldonado Sánchez, abogado, Quito