Padrecito querido, ha pasado más de una semana y todavía no aprendemos a vivir sin usted. El cielo ha estado de fiesta, sí… pero aquí el corazón se nos ha quedado partido en mil pedazos. Y, sin embargo, lo escuchamos tan claro y tan vivo: “Que nada te turbe, que nada te espante”.
Su ejemplo y palabras siguen vivos en nosotros. Nos mantenemos con ánimo y valientes, siempre al ataque y luchando como fieras para no perder el ímpetu del primer amor y así poder alcanzar la estrella inalcanzable.
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Y no vamos a permitir que “el demonio, que es muy inteligente”, nos robe el alma llevándonos a la tibieza. La combatiremos con la oración, que usted nos enseñó a mimar, empezando siempre por hablar con la “doncella más hermosa de toda la creación”, porque sabemos –como usted nos repetía– que es “ella quien nos lleva de la mano hasta su hijo”.
Hemos sido testigos de que ha luchado el buen combate, ha terminado la carrera, ha guardado la fe. Y el Señor, que no se deja ganar en generosidad, lo ha puesto como sello sobre su corazón, como marca sobre su brazo.
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Padre querido, le ha llegado por fin “su corona de gloria”, y lo que tanto anheló se ha cumplido. Ahora sí… descanse. Disfrute de su cielo, ese cielo que se ganó día a día, mientras nos animaba “sin prisa, pero sin pausa” a luchar por ganarnos el nuestro.
Padre Alfonso, gracias por enseñarnos a soñar lo imposible, amar con pureza y bondad, creer en un sueño imposible, y, con fe, una estrella alcanzar, a defender la virtud, porque, si logramos ser fieles a tan noble ideal, dormirá nuestra alma en paz al llegar el instante final.
A nosotros nos queda amarlo en ausencia… y gritarle al cielo lo que el corazón no puede callar: ¡santo súbito! Padrecito… lo logró. No nos suelte desde el cielo. Nosotros no vamos a soltar lo que usted nos enseñó. (O)
Jimena Baquerizo, Guayaquil