Contrariamente a lo que podría pensarse, hacer oposición debe ser una de las tareas más difíciles de llevar a cabo en política. No por las condiciones que tienen los políticos para hacer política, sino por lo que su significado representa. La palabra oposición entonces se define como la acción y efecto de oponerse. Y si ahondáramos más en el asunto, encontraríamos visiones que sostienen que “la oposición es un gobierno en espera” e incluso que “no es necesariamente moral ni ética; es parte del juego de poder”. Esta construcción del concepto, así como los matices que lo rodean, es precisamente lo que complica todo para quienes recibimos el impacto de aquello que hacen los políticos.

En Ecuador pasan cosas (no menores) todo el tiempo y es casi imposible serles indiferente. Pero hay un tema en particular que resulta de común interés: la seguridad. Hace poco se anunció el despliegue de operativos entre fuerzas del orden nacionales e internacionales, medida que levantó visiones a favor y en contra. La duda válida ante esto, viendo lo que vivimos día a día y citando las cifras que hablan sobre muertes violentas, crimen organizado y delincuencia, es inevitable: ¿quién podría estar en contra de hacer algo?

La respuesta parece encontrarse en los actores de la política que no temen ensuciarse mientras se lanzan sobre un tema tan sensible a razón de situarse, deliberadamente, en el lado contrario de su rival político o el rival político de su partido. Si esta respuesta es tal, significa que estamos frente a una oposición que actúa por disposición más que por convicción. Mientras tanto, el problema sigue ahí, enquistado, siendo tan grande que toda acción –a favor o en contra– parece normalizarse desde el sentido de la violencia, la inoperancia o, peor aún, la omisión.

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Negro o blanco, alto o bajo, bueno o malo. La vida está llena de dicotomías como estas, de posiciones que se defienden desde lo que parece ser la imposición y la arbitrariedad. Quizás es nuestra misma historia la que nos ha llevado hasta este punto, hasta el punto en que no logramos ver la vida con los matices que hacen, a la vida misma, un camino que se construye (y evoluciona) cuando nos detenemos y entendemos que hay más de una sola visión (o dos en este caso). Esa reflexión –que inevitablemente es política– nace de la experiencia cotidiana de vivir en un país donde los debates se sienten cada día más cerca de la vida de las personas. Y, sin embargo, el simple ejercicio de pensar, que debería ser la base de toda discusión pública, parece cada vez más distante de las dinámicas que dominan la arena política.

Pensar en seguridad, así como en los actores políticos que construyen y hacen el debate público, se vuelve un ejercicio reducido a la dinámica de una comunicación de bandos que lucha por imponer una narrativa antes que una solución, como si se tratase de un objetivo al cual atacar para obtener réditos políticos sin descubrir o actuar sobre lo esencial. (O)

Fabián Alarcón Savinovich, magíster en Comunicación Política, Quito