He asistido más que personalmente, de forma virtual a través de noticieros hablados, escritos o televisivos, a los encuentros recordatorios por el Día Internacional de la Mujer. Y coincido plenamente en los logros, avances y realizaciones en todos los campos o actividades en las que se desenvuelve con nobleza la mujer, que no llega a ser reconocida en su justa dimensión. Por mi parte, destaco su valía en todas mis producciones de émulo de poeta y escritor al referirme a ellas. Todos los nombres de mujeres extraordinarias que la historia registra a nivel mundial y nacional llenarían cientos de páginas, por lo que me remitiré a unas pocas en nombre de todas y en su memoria, seguramente en desorden cronológico. La Virgen María, madre de Jesús; Cleopatra, reina de Egipto; Juana de Arco, heroína de la guerra; Indira Gandhi, primera ministra de India; Marie Curie, científica polaca; Mary Wollstonecraft, escritora y defensora de la igualdad social y educativa; Gabriela Mistral, poetisa chilena; Coco Chanel, francesa, diseñadora de moda. En lo nacional han destacado tantas referentes de la emancipación de nuestra patria como Manuelita Sáenz, Manuela Cañizares o, en la promoción social, Zoila Ugarte, Tránsito Amaguaña, Dolores Cacuango, Matilde Hidalgo de Procel, quienes abrieron senderos en la política por su intervención en la lucha transformadora del Ecuador. Debo resaltar a santa Marianita de Jesús, nacida en 1618, conocida como la Azucena de Quito, la primera santa del Ecuador.
Todas las manifestaciones públicas en favor de la mujer y su promoción son merecidamente justificadas. Lo inaceptable es que, en nombre de su empoderamiento, seamos testigos de lo que sucedió hace unos días en Quito, que con el pretexto de reivindicar logros alcanzados por la mujer las calles se conviertan en escenario de destrucción y caos, vandalizando monumentos y alterando la paz pública. (O)
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Joffre E. Pástor Carrillo, educador, Guayaquil