“¡Alemania despierta!” y “Trabajo y pan” fueron los eslóganes que utilizó el nazismo para convencer a sus ciudadanos para que votaran por ellos. Ya en el poder, se inició una era de crecimiento económico impactante en la Alemania (ahora sabemos que una parte fue producto del expolio judío); el desempleo bajó; el “estándar” de vida subió; y se diseñó y construyó el “carro del pueblo”.
Una parte del mundo miraba con ojos de fervorosa adoración y veneración a ese “gran hombre” que devolvió el orgullo alemán y que promovía la recuperación de la cultura occidental, eliminando lo que consideraba decadente; personajes como Henry Ford, Joseph Kennedy, Ezra Pound y Charles Lindbergh fueron abiertamente pronazis, ignorando deliberadamente las señales de lo que ocurriría después.
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Pero las señales siempre estuvieron a la vista: su violencia política, su libro, el rechazo al pluralismo, el culto al líder, el uso sistemático de mentiras, el desprecio por el Estado de derecho, normalización del odio y más.
Los Juegos Olímpicos de 1936 fueron una muestra de lo grandioso que era Alemania, estando atenta a su desarrollo y eventos toda la cúpula del nazismo.
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La anexión de Austria elevó el nacionalismo alemán y su creencia de “un solo pueblo - un Reich - un Führer”. Luego la recuperación de los sudetes fue aceptada por todo el mundo como una justa reivindicación y reunificación alemana. Y la anexión de Checoslovaquia como protectorado marcó la línea roja. Queriendo conquistar Polonia, no tuvo reparos en firmar un pacto de no agresión con la URSS.
El resto, ya lo conocemos, y muchos de sus anteriores admiradores llegaron a comprender, demasiado tarde, a qué demonio admiraban. Todos ignoraron deliberadamente las señales de lo que ocurriría después. (O)
David Ricaurte Vélez, ingeniero mecánico, Daule