Hacer fila después de la pandemia ya no es una excepción: se ha vuelto lo cotidiano. Tanto en entidades públicas como privadas parece haberse normalizado una reducción en la calidad del servicio. Es común encontrar locales con ocho o diez cajas disponibles, pero apenas dos o tres operativas, mientras las filas crecen sin control.
No se trata solo de incomodidad, sino de respeto. El tiempo de las personas tiene valor. Optimizar la atención, habilitar más canales digitales y mejorar los procesos no es un lujo, es una necesidad.
Si realmente queremos mejorar la calidad de vida de las personas, empecemos por algo básico: respetar su tiempo. Reducir filas no es solo eficiencia, es consideración. (O)
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Tomás Castelblanco Álvarez, abogado, Guayaquil




















