Gracias, padres, por hacerme el hombre que soy. Gracias, madre, por alimentarme. Gracias, madre, por amamantarme, por cuidarme, por formarme y por alentarme en mis momentos difíciles. Gracias, padres, por formarme en valores. Gracias, padres, por darme unos hermanos maravillosos. Gracias, padres, por todo lo bueno que hicieron por mí. Y aunque ustedes ya no están en este mundo, siento que, desde donde estén, me siguen cuidando. Y yo los sigo evocando cuantas veces sea necesario, por cuanto los amo tanto como me amaron.

El domingo temprano, felicité a mi esposa, por ser la madre que es. El desayuno y la lectura del periódico, es la rutina de siempre, pero ella sintonizó en el celular “las mañanitas, que cantaba el rey David…”, que con cariño se las dedico a ella y a todas las madres. Espero que Dios me siga dando estas dichas, que ni todo oro del mundo las podría comprar. (O)

Publicidad

Sucre Calderón Calderón, abogado, Guayaquil