La empleabilidad juvenil en Ecuador es el mayor de los problemas existentes en la actualidad, debido a los avances tecnológicos, entre otros. Esta transformación digital y la reconfiguración de los sectores productivos han cambiado la manera en que las empresas seleccionan a sus trabajadores, elevando sus exigencias hacia perfiles más integrales. Según cifras recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos (2025), el desempleo juvenil ronda el 8,1 %, cifra que representa casi el doble del promedio nacional, que bordea el 3,4 %. A esto se suma que el 65 % de jóvenes que sí trabaja lo hace en condiciones de empleo inadecuado; es decir, no solo les cuesta conseguir empleo, sino que muchas de las veces ese empleo no ofrece estabilidad ni buenas condiciones.
Saber usar herramientas digitales, entender datos o manejar plataformas tecnológicas ya no es un plus: es un requisito indispensable. La evidencia muestra que quienes dominan estas habilidades tienen más oportunidades de acceder a empleo formal hasta en un 20 % en algunos contextos, según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). A esto se suma otro factor importante: el aprendizaje continuo. Lo que uno aprende hoy puede quedarse obsoleto en pocos años, ya que se estima que el 44 % de las habilidades actuales van a cambiar antes de 2030, según el Foro Económico Mundial.
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Hoy en día, la capacidad de pensar, resolver problemas y adaptarse tiene una valoración estratégica para los analistas de selección de talento humano. El Foro Económico Mundial (2025) señala que muchas empresas incluso priorizan esto por encima del conocimiento técnico. Y tiene sentido, ya que estas habilidades permiten a los jóvenes responder a entornos laborales cambiantes. Sin embargo, persiste un gran obstáculo, la experiencia. Muchas empresas piden experiencia hasta para puestos iniciales, y eso deja fuera a un sinnúmero de jóvenes. Datos del INEC, del 2025, reflejan que los jóvenes con experiencia previa tienen mayores posibilidades de acceder a un empleo adecuado en comparación con quienes no han tenido contacto con el entorno laboral. Esto explica la creciente relevancia de pasantías, prácticas preprofesionales y proyectos vinculados con empresas.
En definitiva, el problema no es solo de los jóvenes ni solo de las empresas; existe una desconexión entre lo que se enseña y lo que realmente se necesita. Reducir esa brecha es fundamental si se quiere mejorar la empleabilidad juvenil en el país, por lo que es imperativo el rol que las instituciones de educación superior desempeñan. Se debe optar por una formación más práctica y conectada con el mundo empresarial a través de espacios de networking, prácticas laborales a nivel nacional e internacional, contacto con docentes especializados, simulaciones empresariales, etc. Ese tipo de iniciativas marca una diferencia clave en las oportunidades de nuestros estudiantes como futuros profesionales. (O)
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Andrea Rodríguez Aranda, docente de la UIDE, Loja