Las recientes acciones de EE.UU. contra Venezuela representan un momento sin precedentes en la región. La decisión de recurrir a la fuerza militar directa, más allá de sanciones o presión diplomática, marca una ruptura con las normas internacionales establecidas tras la Segunda Guerra Mundial. Atacar a una nación soberana, independientemente del motivo invocado, redefine los límites del poder estatal y altera el equilibrio geopolítico global.

La historia ofrece advertencias claras sobre este tipo de decisiones. Cuando Julio César cruzó el río Rubicón en el año 49 a. C., violó una barrera legal que hizo inevitable la guerra civil romana. Ese acto colapsó la república y llevó a la concentración del poder en una sola figura. Dos milenios después, bombas sobrevolaron Caracas el 3 de enero, señalando un punto de no retorno similar, esta vez en América Latina.

Este momento es peligroso debido a la contradicción en la relación de EE. UU. con la región. Globalmente, Washington defiende el derecho internacional, la democracia y la soberanía, pero en América Latina esa narrativa ha contribuido a la inestabilidad económica y social durante décadas. Venezuela es el ejemplo de esa incoherencia.

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En la conferencia climática de la ONU en Dubái en 2023, el presidente colombiano Gustavo Petro advirtió que el silencio internacional ante conflictos como el de Gaza podría inaugurar una nueva era de impunidad, en la que los países más vulnerables cargarían con las consecuencias del uso desmedido de la fuerza.

El riesgo no solo proviene de la acción militar, sino también del precedente que esta crea. La intervención, sin la aprobación del Congreso, trasladó el peligro a toda su constituyente sin un debate democrático. La historia muestra que cuando se concentra el poder y se dejan de lado las instituciones, la democracia se vulnera. (O)

Víctor Borja Armas, filósofo, Nueva York, Estados Unidos