No pasa una semana sin que el país conozca de un nuevo accidente fatal en la av. León Febres-Cordero de Samborondón, en la Perimetral de Guayaquil, en la av. 25 de Julio o en la vía a la costa. No son hechos aislados. Son la consecuencia de una realidad que ya se volvió insostenible.
Por estas vías circulan, día y noche, la carga de exportación e importación de todo el Ecuador: contenedores que vienen desde la Sierra, desde el norte, desde la Costa, y que deben llegar a los puertos de Guayaquil y de Posorja. Miles de tráileres y camiones pesados atraviesan zonas urbanas que jamás fueron diseñadas para soportar ese volumen ni ese tipo de transporte.
El resultado es evidente: caos, inseguridad, accidentes, vidas humanas perdidas. A esto se suman los costos económicos: retrasos, encarecimiento del transporte, deterioro acelerado de la infraestructura vial y una ciudad que pierde calidad de vida. La pregunta es inevitable: ¿vamos a seguir lamentando tragedias o vamos a tomar decisiones?
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La solución existe y ha sido analizada técnicamente: la construcción del viaducto sur, un sistema ferroviario moderno, eléctrico y eficiente, integrado al quinto puente, que conecte los puertos de Guayaquil y Posorja con la red vial nacional, sacando la carga pesada de las ciudades.
El tren de carga no es una idea del pasado. Es la solución del presente en los países que entienden que la competitividad y la seguridad no pueden depender exclusivamente de carreteras saturadas. Permite reducir costos, tiempos, contaminación y, sobre todo, salvar vidas.
No se trata solo de una obra de infraestructura. Se trata de una decisión de país hacia la modernidad y el desarrollo sustentable. Cada día que pasa sin tomar esta decisión, se expone a ciudadanos a un riesgo innecesario. (O)
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Cecilia Calderón de Castro, economista, Guayaquil


















