Los jubilados a menudo nos preguntamos: ¿hasta cuándo tenemos que esperar, como si fuera una limosna, el incremento real y equitativo de nuestras pensiones?, en especial porque somos una de las clases más vulnerables y, por ende, las que más necesitamos. No se trata de una “caridad” sino, obviamente, de un acto de justicia y reconocimiento, pues, a no dudarlo, fuimos los adultos mayores los que, superando dificultades, acudimos a consignar nuestro voto, otorgándole el triunfo al actual gobernante y su comitiva, quienes, penosamente, han olvidado sus ofertas de campaña.
Los adultos mayores siempre hemos sido relegados por los Gobiernos de turno, pero en este albergábamos la esperanza de que nuestras condiciones mejorarían y las pensiones jubilares superarían a los $ 3 y $ 4 dólares a los que nos tienen acostumbrados y que, por cierto, constituyen una burla; tomando en cuenta que, a cierta edad, las enfermedades nos agobian; los dispensarios médicos del IESS resultan insuficientes para cubrir estas demandas; hay una evidente carencia de medicinas y los equipos son insuficientes; algunas de sus infraestructuras son deplorables y los especialistas resultan insuficientes y a veces ineficientes. ¿Qué nos queda entonces? Solo recurrir a la medicina privada, la que, para variar, nos cuesta “un ojo de la cara”, porque actualmente enfermarse constituye verdaderamente un lujo. Eso sin contar con la alimentación, la vivienda, el vestido, los servicios básicos, etc., cuyos costos se elevan día a día y no hay control ni dinero que alcance.
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Los gobernantes y políticos deberían ser más empáticos y pensar en sus padres, abuelos y demás parientes, incluso porque ellos mismos están caminando a viejos.
Confiamos en que este pedido que representa el sentir de un gran porcentaje de ecuatorianos llegue a oídos y ablande el corazón de los involucrados y que la respuesta sea positiva y urgente. (O)
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Fabiola Carrera Alemán, maestra jubilada, Quito