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Eligiendo un destino

Un candidato a la Presidencia ha salido a ofrecer dinero a los ciudadanos que voten por él. Palabras más, palabras menos, estamos frente a una compra de votos. Una práctica muy común en el siglo pasado por parte de los caciques oligárquicos de la Costa y los terratenientes de la Sierra. Dinero a cambio de votos. El Consejo Electoral no ha dicho nada, por supuesto. Ni probablemente se atreva a decir algo ya sea por miedo o por interés. Pero lo más probable es que no diga nada porque, en el fondo, la coima y el soborno, la corrupción y la impunidad, son conductas que, si bien las venimos arrastrando con algo de vergüenza por siglos, hoy son admitidas y practicadas abiertamente. ¿Por qué llamaría la atención el que un candidato ofrezca dinero –y que de paso provendría del narcoterrorismo– a cambio de votos en un país donde se da dinero para ganar contratos públicos, para evitar sanciones de tránsito, para pasar de año en los centros educativos, para agilitar la emisión de patentes, para registrar títulos, para aprobar leyes, para obtener sentencias favorables, para que un fiscal se ‘equivoque’ y acuse erradamente, para ganar concursos, para engañar al IESS, para tramitar créditos de la banca pública y hasta para obtener pruebas de PCR falsas, poniendo así en riesgo vidas ajenas? Claro que hay excepciones. Pero son solo eso, excepciones.

Solo en una nación como la nuestra es posible que un candidato sin ningún tapujo cometa una gravísima infracción electoral a vista de todos y simplemente no suceda nada. Esa es la impronta que dejó la mafia que nos gobernó por más de una década; y que hoy está desesperada por regresar al poder para anular la sentencia que condenó al capo di tuti capi y robar lo que queda. Se trata del mismo capo que no tuvo empacho en afirmar que las coimas no perjudicaban al Estado, y que se pasó alabando a un contralor que se jactaba de recibir coimas de contado. No hay nada de qué asombrarse, entonces. Una sociedad que permite que un líder indígena que organizó un intento de golpe de Estado le diga al fiscal que lo iba a interrogar que no le contestará hasta que le consigan un traductor que sepa su idioma. En una sociedad donde eso sucede, donde por lo general la ley se hace para no ser acatada, es una sociedad destinada al fracaso.

Ofrecer dinero por votos es no solo la mejor prueba de la descomposición ética en que estamos sumergidos. Es también la evidencia más clara de la falta de seriedad, preparación y honestidad del candidato que lo hace. Y si tiene apoyo popular, ello no lo convierte en un líder capaz. Lo único que demuestra es lo profundamente enraizada que está la coima en nuestra cultura. Después de todo, Hugo Chávez, Hitler, Mussolini y Allende, solo para nombrar a unos pocos, también eran populares. En la próxima elección el país decidirá si se sube en el bus de la coima que nos llevará a ser otra Venezuela o si preferimos construir un Ecuador nuevo, con instituciones sólidas, un país justo y libre de corrupción. No elegiremos, entonces, a un presidente; elegiremos un destino. Un destino que exige la unidad de todos los ecuatorianos, pues, de lo contrario, nos será imposible salir del abismo. La opción presidencial de Guillermo Lasso es, en mi opinión, la única alternativa válida para semejante tarea. (O)

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