Con Carlos estoy profundamente agradecido. En lo más cruel de la pandemia, cuando el miedo nos encerraba con más fuerza que nuestras necesidades, remitió un amable mensaje interno por una de mis redes sociales alertándome de una noticia falsa que –sin saberlo, sin ni siquiera confirmarla– había publicado. La eliminé inmediatamente.
Volví a saber de Carlos –asistente de soldador en una constructora de caminos– cuando escribió para contar que fue despedido, que no le pagaban la liquidación y que el hambre de sus hijos y la enfermedad de su padre lo sumían en desesperación. El reciente contacto de este casi anónimo compañero es más angustiante aún: “Aguantando amigo, no he conseguido trabajo, el otro día de estibador me dieron 10 dólares de un día, ya para la comida alguito”.
Carlos representa a muchos Carlos de este país. Son seres reales, en carne y hueso, o en hueso y pellejo. Son como esos montones de restos soterrados sobre los que se edifican fortalezas visibles para pocos: en unos tiempos, fuerza de trabajo; en otros, carne de cañón para evitar que las miserias de la pandemia lleguen a los de arriba. Son los despedidos, los sin acceso a la seguridad social. Son la burla de los corruptos que esquilman la salud pública; enfermos crónicos a los que privan de medicamentos porque los roban en las farmacias públicas, las venden con sobreprecio, trafican con la vida. Son los Carlos que sirven de telón de fondo para que los encastados en sus prejuicios y abolengos se fotografíen para sus futuras campañas electorales.
Muchos Carlos que no tienen para pagar todo lo que ahora demanda la “teleeducación gratuita y pública”. Discapacitados e incapacitados reales que ven, desde su desventura, cómo magistrados, asambleístas, futbolistas, consejeros y otros ladrones, extorsionadores y rateros se benefician de los carnés para sus descuentos y exoneración de impuestos.
Otros Carlos que por ventura tienen un puesto de trabajo en el sector público, pero es como no tenerlo, pues la prioridad morenista es el pago a tenedores de bonos. A la banca internacional. A los que calzan uniforme y garrote.
El dolor de gente como Carlos empeora con cada noticia de corrupción; aunque no imagina que esa agenda lo distrae y miente. Ignora que lo que realmente importa a los del Gobierno y sus ministerios es la estadística, la aceptación, la encuesta. La capacidad de influir en el papel.
Carlos a los que no les dan una respuesta cuando se pregunta: ¿quién repartió los hospitales públicos? ¿Por qué la justicia es selectiva? ¿En dónde está el dinero de la deuda externa de este Gobierno? ¿Quién les autorizó a vender sectores estratégicos? ¿A prostituir la dignidad y la soberanía?
Los Carlos a los que ya mismito buscarán para pedir el voto. Para decirles que todo terminará en cien minutos. Que si votan por ellos, van a ser tan empresarios como ellos. Que lo de la pandemia no fue más que fotos de un mal recuerdo. Que ya aparecerán los muertos. Y si no aparecen, les haremos un monumento. Total, los Carlos tenemos mala memoria, aunque las elecciones las tengamos a la vuelta de la esquina. Y las papeletas, con los mismos de siempre. (O)










