En los buenos tiempos de la llamada clase media, cuando las ciudades eran pequeñas y en los barrios nos conocíamos, podíamos jugar en las calles, donde dejábamos la bicicleta botada para entrar a la casa por cualquier razón. Íbamos y veníamos sin mayor regla que regresar antes de que oscurezca, mientras algún adulto esperaba por nosotros desde cuando llegábamos del colegio y con quien cultivábamos las relaciones de apego que son tan importantes en el desarrollo humano. Hoy, escucho con cierta frecuencia que este mismo tipo de familias deja a sus hijos menores de 12 años solos por horas hasta que llegue papá o mamá, o una persona no vinculada familiarmente con ellos, a quien pagan para que los cuide.

Aunque hay cuentas que solventar, es claro que lo que revisten de legítimas ambiciones profesionales o urgencias económicas, en muchos casos son necesidades creadas como la de tener un auto o vacaciones de características exageradas. Más valdría disminuir el tren de gasto y evitar el derrame en psicólogos más adelante en el camino, pues aun cuando los hijos no estén exhibiendo comportamientos preocupantes, la realidad es que hay que pasar más tiempo de lo que se cree con ellos. Niños y jóvenes necesitan ayuda, por ejemplo, para aprender a autorregular su uso de la tecnología, su ingesta de alimentos y la frustración o la tristeza.

Un estudio en 24 países del mundo reveló el año pasado que los niños menores de 6 años con peor salud mental vivían en Chile, donde el auge económico responde –entre otras razones– a una absorbente dedicación laboral de padre y madre, quienes no necesariamente viven juntos con los hijos. En Chile, como en Ecuador, también hay una alta tasa de violencia en el hogar, donde los conflictos no se resuelven hablando sino basados en la exasperación derivada de las presiones que sufren los adultos.

En nuestro país, los jefes tienen poca comprensión de cómo una exagerada sobrecarga de trabajo o control del horario produce este tipo de lacras sociales que nos afectan a todos, aunque ellos tampoco sepan qué hacer con sus propios hijos, quienes posiblemente den muestras de ansiedad e incluso depresión en la adolescencia. Los padres se atrincheran en la creencia de que los hijos de ahora crecen muy rápido, la tecnología les es natural y no les gusta compartir cuando se vuelven jóvenes. Si se actúa para que se desarrollen así desde pequeños, claro que esta será la consecuencia, pero se puede hacerlo mejor.

Si no recuerdan qué hacíamos antes del advenimiento de Whatsapp, y en el caso de los jóvenes, Instagram, los días se sucedían unos a otros con escasa tecnología, y eso que la televisión ya distorsionaba la formación de vínculos familiares. Aunque a veces es necesario estar conectados justamente para poder trabajar estando cerca de los hijos, tenemos que ser lo suficientemente inteligentes para que no nos domine la ansiedad por revisar mensajes mientras ellos están absorbidos en su propio aparato electrónico. Ningún cargo ni ninguna actividad justifica que no se pase suficiente tiempo, y de calidad, con los hijos.(O)