Supongo que todos tenemos, de vez en cuando, serias tentaciones de desaparecer. Me refiero a hacerse humo, pasar a la clandestinidad o como lo quiera llamar. Salir un buen día de casa a comprar cigarrillos y desaparecer para siempre. Se entiende que no se trata de morirse, que es un modo de desaparecer y también puede ser una tentación, sino de dar un giro absoluto al relato de la propia vida y convertirse en otra persona: una que empieza de cero, sin la mochila del pasado y sin que nada condicione su futuro. Hacerse humo implica dejarlo todo en un minuto de la vida: la familia, los afectos, la ropa, la billetera, las cuentas, las tarjetas de crédito, el trabajo, la casa, el carro… Hay que estar bastante mal de la cabeza, pero no me diga que no lo piensa cada vez que siente en la nuca el aliento opresor de los impuestos, de los intereses usurarios, de un patrón desalmado o de la pesada carga del desamor.

Bastante seguido aparece en las noticias que gracias a Facebook se encuentran hermanos perdidos hace 40 o 50 años. Pero, desde 1969 a 2019 además de 50 años han pasado unas cuantas cosas en las tecnologías y hoy estamos más fichados los de afuera que los de adentro de las cárceles; quizá por eso –solo por eso– me da envidia la libertad que implica no tener nada, la que muestran los homeless de las grandes ciudades, los latinoamericanos que cruzan la frontera de los Estados Unidos o los africanos que se largan en chinchorros por el Mediterráneo. Son como nuestros bisabuelos, que llegaron a estos puertos con una maletita de cartón y un documento que nadie verificaba.

Para probar que se puede vivir de arriba, robé un desayuno en un hotel de Miami. Claro que está mal y no es para imitar, pero estaba decidido a hacer el experimento el día que entré como un pasajero más a un súper hotel de cristales azules de Brickell Point y me senté en una mesa del comedor con vista a Biscayne Bay. Me serví varias veces salmón ahumado con alcaparras y me fui tan campante igual que como entré. En esos hoteles no preguntaban la habitación porque nadie suponía que podía haber colados. Creo que soy uno de los causantes de que ahora sí averigüen un poco más y que esos lugares tengan sensores que eyectan del asiento a cualquier colado y lo mandan a la celda de al lado de El Chapo Guzmán.

El mundo avanza y se supone que es para mejorar la vida de los que lo habitamos. Pero en estas cosas está retrocediendo y tengo la horrible sensación de que hoy somos menos libres que hace 50 años. Las tecnologías que deberían ser de libertad también sirven para que todo deje rastro. Quien quiera averiguarlo puede saber qué bus tomamos, con quién estuvimos y cuánto pagamos en el bar, qué compramos en el supermercado, a qué hora pasamos por el peaje, el libro que estamos leyendo y las cosas que tiramos a la basura. Conocen lo que nos gusta y lo que no nos gusta, las enfermedades que tenemos, la cantidad de pasos que damos y hasta nuestro ritmo cardíaco… Somos más que nunca esclavos de nuestro pasado y también de lo que tenemos. Estamos vigilados todo el tiempo por el celular, por nuestras propias cuentas en redes sociales y también por omnipresentes cámaras y micrófonos invisibles. Para colmo el Hermano Mayor anda juzgando todo lo que decimos y nos manda al campo de concentración de la opinión pública si nos apartamos un pelo de lo que considera correcto.

Sería lógico que no me importara que se enteren de lo que hago o digo si no hago ni digo nada fuera de la ley, pero el efecto suele ser el contrario por el sencillo razonamiento de pensar que si igual van a sospechar de mi conducta, mejor sería portarme mal y seguir robando salmón ahumado en un hotel de lujo de Brickell Point. 

Pero la consecuencia más nefasta del registro de nuestro pasado es que vuelve cada día más difícil cambiar, corregir errores, empezar de nuevo, convertirse… esas conductas que siempre fueron buenas costumbres de los sabios. (O)