No merece su memoria la breve temporada de tres semanas en las que este columnista no publicó sus artículos, la única ocasión en unos doce años. Menos recordará que esa ausencia se debió a un infarto cardiaco que me llevó por unos veinte minutos al “jardín de la muerte”. Este fin de semana se cumplieron diez años de ese singular Miércoles de Ceniza personal que me mostró con dureza la caducidad de la vida. En el entusiasmo de esa suerte de resurrección, creí que emergía de ella más sabio. Error. No es la muerte sino la vida la que nos da sabiduría y no gratis, hay que leer y escuchar a los más sabios. ¿Y la experiencia, el pasar personalmente por determinadas situaciones? Solo si se tienen ya las herramientas intelectuales apropiadas.

Abandoné el hospital dispuesto a hacer transformaciones en mi vida, a vivir cosas nuevas y acelerar procesos. Pero los viejos enemigos, el miedo, los hábitos, la miopía existencial, hicieron que algunos cambios intentados nos llevaran a callejones sin salida en el desierto. Hay que asumir, en la justa proporción, la responsabilidad en tales extravíos, retroceder, arrojar antiguos lastres, intentar otras vías, alguna terminará en un huerto fructífero. Las puertas permanecen abiertas y aún hay tiempo. Me puso triste, pero no me desesperó, dejar una posición de prestigio. Estaba muy consciente de que, como sucedió en efecto, el no ostentarla conllevaría que se cierren puertas, se acaben algunas sonrisas y saludos. Intenté un acercamiento con la religión, para encontrar, tras décadas de meditada indiferencia, que la institucionalidad eclesiástica está de muchas maneras anquilosada, incluso en su entramado teológico. Esto, sin embargo, no invalida lo que de perenne tiene su mensaje ni implica que, dentro de la Iglesia católica romana, no haya sectores y personas que respeto. Planifiqué que fueran tres, pero fueron solo dos las novelas que publiqué en estos diez años. Todas las aves, en la que hago un detalle minuciosamente de la experiencia del infarto, y Los montoneros de Dios (Curuchupas), que intenta dar voz a un sector silenciado en la historia ecuatoriana.

La voluntad puede lograr muchas cosas, pero no es inteligente olvidar el marco de las circunstancias. Vivimos en un país determinado con problemas determinados. Ecuador nunca ha sido Estado amigable ni con el emprendimiento ni con la cultura. Piensen un centímetro más allá de sus prejuicios y verán que son dos cosas profundamente relacionadas. Siempre hubo demasiadas regulaciones y poco apoyo. Pero durante la dictadura correísta este mal ambiente, la desconfianza y el acoso alcanzaron inverosímiles niveles. No dejaron piedra sin levantar ni mata sin arrancar. Oponerse, como lo hice, desde el primer instante al correísmo, era una obligación ética, que de todas maneras solicito se me anote en mi hoja de servicio. Especialmente cuando defendí en estos renglones y en las calles a los amigos perseguidos, porque mi década coincide con la “década ganada” tan pomposamente proclamada por la tiranía. Viví una década más, ¿la gané o la perdí? “Vivir es morir, no hay nada que añadir a eso”, (T. Mann).

(O)