El diario La Repubblica publica hoy: “El gobierno italiano dispuso que autoridades y Policía intervengan en el gobierno de la Ciudad Estado del Vaticano, tomando el control de sus cuentas, valores y sistemas, ante la crisis desatada por la imposibilidad de que el cónclave nombre al nuevo papa. La reunión del colegio cardenalicio encargado de elegirlo terminó en desbandada, evidenciando una total acefalía que el camarlengo de la Iglesia (el ‘vice-papa’) no tiene autoridad para atajar. Muestra de esta descomposición fue el enfrentamiento de dos grupos de cardenales en la plaza de San Pedro, que de la discusión pasó a los gritos y concluyó con el cardenal español Brey y el italiano Ciccone halándose de las mucetas y finalmente enfrentándose a golpes. Los dos prelados son de los principales papables (pretendientes al trono de san Pedro) y representan a tendencias eclesiásticas opuestas. Mientras tanto, desde la Ciudad de México, el cardenal arzobispo de ella, monseñor Quesada, a la cabeza de 27 cardenales latinoamericanos, se proclamó papa, basado en la supuesta representación de la ‘mayoría del pueblo de Dios’, que constituyen los católicos latinoamericanos...”.

Esta es, por supuesto, una verdadera distopía. Los lectores juzgarán si es realizable. Un católico la calificará con un rotundo “¡imposible!”, porque para él esta institución fundada expresa y personalmente por Jesús, el hijo de Dios encarnado, tiene garantizada no solo la permanencia, sino el triunfo “hasta la consumación de los siglos”. La hipótesis de que la Iglesia católica, por la reiteración de errores de la jerarquía, pueda desaparecer es improbable aún en un lejano futuro predecible. Pero cabe pensar en fenómenos, como un no impensable multicisma, que reduzcan al catolicismo romano oficial a una neta minoría. Actualmente los católicos son alrededor del 15 por ciento de la población mundial, siendo el mayor grupo de acuerdo a su fe religiosa. El Islam y los no creyentes tienen porcentajes cercanos, pero el crecimiento de estas dos posiciones es visible, mientras el catolicismo aparece estancado. Desde un punto de vista estrictamente teológico la autenticidad de la Iglesia no se prueba por mayoría, pero resulta humanamente difícil de entender un Dios todopoderoso que no ayuda a su iglesia a aumentar su mensaje y permite que se reduzca a un pequeño enclave.

Se ha dicho que la Iglesia católica es una iglesia zombi, un muerto que anda, puesto que la mayoría de quienes se adscriben a ella, en pocas ocasiones en su vida participan en el culto. Esta sangría blanca es muy peligrosa, la experiencia demuestra que de padres “no practicantes”, los hijos tienden a considerarse no creyentes definitivos. La revelación masiva de casos de pederastia cometidos por clérigos y otros escándalos, para millones de personas poco formadas y escasamente practicantes, sirve como excelente pretexto para alejarse definitivamente. Se podría pensar que es bueno para la vid católica que una tormenta desgaje definitivamente los sarmientos muertos de los no practicantes y los podridos de los corruptos. Mas ¿qué ganamos si, tras tan benéfica poda, nos encontramos con una Iglesia poco mayor que las que llamamos sectas? (O)