Latigazos en las nalgas, reglazos en las manos, cocachos eran acciones “correctivas” de los maestros para combatir la indisciplina en mis años de primaria. Los apoderados agradecían. La yapa aguardaba en casa. El castigo del inspector del Colegio Nacional Mejía a un grupo de estudiantes reposiciona un tema controversial: la violencia contra niños y adolescentes. El método disciplinario utilizado actualmente está censurado por nuestra Constitución, leyes y organismos internacionales. El Comité de Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas define el castigo corporal como el que utiliza fuerza física y tiene por objetivo causar cierto dolor o malestar, aunque este sea leve. Elizabeth Gershoff encuentra su único efecto positivo en la obediencia inmediata para evitar padecimiento, sin inducir concientización y mejoras conductuales; al contrario, advierte que podría desencadenar comportamientos violentos, afectar relaciones familiares, legitimar la agresión, detonar depresiones u otros trastornos. ¿Cómo tú no enloqueciste?, refuta mi tía, recordándome sus temidos zapatos suecos y adhiriendo a quienes avalan el regreso del “santo remedio” para enderezar una juventud desorientada.
Vivimos tiempos de globalización donde la tecnología estimula consumos; muchas familias sortean penurias económicas; el individualismo mata la solidaridad, la deshonestidad supera la honradez; adolescentes golpean a sus padres; estudiantes consumen H en clases. Nuestra “modernidad” tercermundista sustituyó rayuelas, trompos, cuerdas por iPhones, armas, drogas; programas sanos por perreo y farándula antivalores; muñecas de trapo por bebes reales. Muchos profesores conviven diariamente con alumnos alimentados de crisis existenciales, carencias afectivas y hasta con perfiles delictivos. Sufren amenazas, agresiones; fungen de psicólogos, obstetras, policías, terapeutas, de un sistema socioeducativo enfermo con algunas voces exigiéndoles mano dura.
Se destacó un progreso por el número de obras y las estadísticas onerosas pregonando inclusión; mientras se descuidó cultivar esa parte fundamental del recurso humano: sus valores, que permiten discernir entre lo correcto e incorrecto, lo justo e injusto, base de un pensamiento crítico inculcado desde la niñez. ¿Cómo revertimos esta compleja realidad para aspirar a una juventud sana sin recurrir al garrote? Quizá debemos emular el método disciplinario japonés. Desde temprana edad ellos fomentan el trabajo, compañerismo, respeto, honestidad, cuidado de la naturaleza. Sus escuelas no tienen conserjes; los niños limpian, sirven sus comidas, lavan los enseres, sin mediar castigo. Algo similar aplica Cuba, donde su programa Educa a tu hijo es elogiado por las Naciones Unidas, debido al protagonismo familiar, comunitario e institucional en la formación de los menores. Tienen problemas propios, es cierto, pero no descuidan el aprendizaje integral de su infancia y adolescencia.
En pleno siglo XXI se rechaza el maltrato a los animalitos; también hacia los subordinados del mundo militar –correctos repudios–, pero se pretende avalarlo contra menores. Los jóvenes son reflejo de la sociedad, la nuestra sufre disociación, vandalismo, corrupción, déficit valórico. Urge un reformateo ético moral desde estamentos familiares, institucionales, el Estado, para tener referentes positivos. La impotencia docente es comprensible, pero justificar la violencia significa no entender la gravedad del problema, producto de una septicemia social que no se cura a palos. (O)








