Amanece

21 de Mayo, 2018
21 Mayo 2018
21 de Mayo, 2018 - 00h07
21 Mayo 2018

El epíteto que Rafael Correa tiene en la punta de la lengua es “mediocre”. Es probable que se le escape el verdadero sentido de esta palabra, aunque la verdad es que era un experto en la selección de mediocres. El problema de los cuadros del correísmo no era tanto sus ideas socialistas trasnochadas, como su mediana opacidad. Si hubo en los principios del régimen algunas figuras destacadas que, obnubiladas por las dimensiones continentales de la ola izquierdista, adhirieron al “proyecto”, se desgranaron rápidamente. Quedaron solamente aquellos cuyos méritos eran el servilismo y una insustancialidad que les impedía hacer sombra al dios Sol.

Por las particulares circunstancias en las que surgió el gobierno de Lenín Moreno, debió hacerse cargo de esta pesada herencia, que ha sido un quebradero de cabeza. Por supuesto que es una insensatez pedir al presidente que haga un gobierno liberal, como también lo son los pedidos de “profundizar la revolución”, que hacen otros sectores, pero sí es dable exigir que se sacuda del lastre de anodinos obsecuentes que, tras el naufragio de la dictadura, se mantienen a flote gracias a su trivialidad. Sería necio, y hasta injusto, pedir que se los remplace con elementos de tal o cual tendencia, pero sí es legítimo y conducente sugerir que un equipo de técnicos desplace a los dogmáticos improvisados, de quienes incluso cabe dudar de su lealtad. El desmontaje de un intento totalitario como el correísmo es en extremo complicado, porque supone una labor de profilaxis en todas las entidades del Estado y en todos los aspectos de la vida nacional en que se había infiltrado. Todo esto sin disponer de una mayoría legislativa estable, hace que las transiciones entre los gobiernos constitucionales del pasado se vean relativamente sencillas comparadas con este laberinto.

Es un camino largo y tortuoso, pero parece que comenzamos a caminar. Ha sido así muy prometedora la selección del general Oswaldo Jarrín y del economista Richard Martínez como ministros, pues se trata de personas no comprometidas con fuerzas políticas determinadas, pero sí conocedoras de los campos que les han sido confiados. Con respecto a Martínez, se le pide dejar a un lado la “agenda empresarial”, observación tonta, la agenda nacional incluye la empresarial, como también la de otros sectores, todos juntos involucrados en la marcha del país. Por otra parte, el joven lojano no es un empresario strictu sensu, lo que ha sido es funcionario de los entes gremiales empresariales, a los que ha representado con elocuencia y brillantez. Esta situación hace presumir que su gestión no estará ligada forzosamente a los intereses de determinado sector. Suponemos que el nuevo ministro será consciente de que se está jugando el todo por el todo, la muerte o el éxito rotundo. No se trata solo de balancear el presupuesto, sino de reactivar la economía, lo que requerirá de reformas legales y administrativas de alto calado. Determinación es la palabra. Esta nación está hambrienta de un liderazgo de mano firme, de administración sapiente y de actitud dialogante. Es una oportunidad única para el nuevo funcionario y para el país. (O)

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El epíteto que Rafael Correa tiene en la punta de la lengua es “mediocre”. Es probable que se le escape el verdadero sentido de esta palabra, aunque la verdad es que era un experto en la selección de mediocres.
2018-05-21T00:07:06-05:00
El Universo

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