¿Por qué cuesta aceptar que nuestra sociedad es racista, discriminadora y excluyente? Pese a algunas medidas para exterminar dichas secuelas coloniales, perviven rezagos de esa estructura de poder piramidal, donde blancos y mestizos ocupaban escalones superiores, indios y negros los niveles inferiores, sin mayor perspectiva de movilidad social, reproduciendo en el inconsciente colectivo esa supuesta supremacía étnica en cuanto producción, autoridad, conocimientos y demás manifestaciones humanas. Aníbal Quijano, Walter Mignolo y otros estudiosos lo definen hoy como la colonialidad del poder, del ser y el saber, que centraliza lo económico, político y cultural en una piel dominante, minimizando el valor existencial de las dominadas. Evidente racismo neocolonial.

La afrenta de Phillip Butters contra Felipe Caicedo y nuestra etnia refleja un racismo visceral carcomiéndole su ego eurocéntrico; visualiza al negro únicamente como combustible biológico sin posibilidad de ascenso económico-social, no como alguien que con sus habilidades, inteligencia y dedicación puede conquistar un nuevo estatus. El pensamiento de Butters no concibe a un negro exitoso en historia de vida, desde las canchas fangosas hasta el estrellato de solvencia económica y placentera vida familiar; llega a detestar la pelota, el pito referil, la cancha demarcada, esos gritos de gol que permiten a ‘Felipes Caicedos’ coronar aquella cima, no merecida en colores subalternos. Toma su micrófono, lo carga de veneno, “dispara” odio.

Excelente la reacción nacional contra ese agravio a la negritud, a la afroecuatorianidad surcándonos las venas. Plausible el reclamo inmediato de organizaciones multirraciales, los plantones en la Embajada peruana, la protesta de nuestra Cancillería, las palabras del señor presidente que esperanzan; acciones enérgicas, ejemplares, contra el agravio extranjero a nuestra identidad afro-étnica representada en Felipe. Reacción viril anhelada cuando los “butteristas” locales ejercen esa discriminación hiriente, aquel racismo incisivo que deja huellas psicológicas principalmente en nuestros afroadolescentes, con ese bullying constante cuando la Selección tropieza. ¿Acaso no es cierto que al ganar la Tri gana el país; si pierde, pierden los “negros brutos”, “negros vagos de mi…”, “negros hij…”?, ¿que las redes sociales reproducen esos epítetos descargando frustraciones patrias contra la etnia “culpable” de esa pelota en el palo, esos puntos perdidos? Contamos con algunos profesionales afroecuatorianos empleados. Sin embargo, muchos esperan el llamado de aquella entrevista donde solo cogieron su currículum, mirándolos como bicho raro. Para los no profesionales es más complicado, evidenciando que la colonialidad pervive en ese racismo institucional, tan doloroso como el de Butters.

Decretos, ordenanzas, proclamas de decenios afrodescendientes, pregonan reconocimiento, justicia y desarrollo, sin lograr la inclusión efectiva –no solamente simbólica– al aparato económico, entrampando la convivencia nacional, la diversidad cultural. Enmascarada colonialidad exclusionista, mojigata, que frena la tan promocionada interculturalidad. Si realmente queremos eliminar ese estigma social lacerante, comiéncese por cumplir la cuota laboral establecida en el Decreto 60; actúese enérgicamente contra todo acto discriminatorio hacia la identidad étnico-cultural amparada en nuestra Constitución. Me gustaría ver al país entero repudiando esos insultos en nuestros estadios y redes sociales, el discrimen laboral y de toda índole contra afroecuatorianos u otras etnias, para creer que realmente en cuanto combate al racismo, la discriminación y la exclusión se está hablando en serio. (O)