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La discordia, según Borges

Internet es el espacio en el cual se encuentra gran parte de la creación humana. Ahí están las bibliotecas de todo el mundo, la música de todas las culturas, el arte de todos los pueblos, la ciencia producto de la poderosa razón, la tecnología o aplicación instrumental de los conocimientos científicos, la literatura de todos los creadores, las películas y las imágenes de cineastas y artistas, la información respecto de casi todos los saberes. En ese inmenso repositorio virtual está lo banal y lo sofisticado conformando un abigarrado y complejo conjunto de datos. Ahí se encuentra el poema Fragmentos de un evangelio apócrifo, que muestra una de las facetas del profundo y a menudo críptico pensamiento de Jorge Luis Borges, uno de cuyos versos dice: “Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia”. Desde ese referente corresponde analizar la importancia de un concepto semejante en la comprensión de la realidad y en la solución de los problemas individuales y sociales.

La civilización, producto de los aportes que se han dado a lo largo de la historia, es un reflejo de las características profundas y superficiales de una condición humana dibujada por una suerte de caleidoscopio de posibilidades que van desde los comportamientos morales más excelsos hasta los más execrables. Su esplendor y opacidad definen las formas de la convivencia social que regulan la coexistencia cotidiana e irreductible de lo brillante y de lo oscuro. Lo social es una proyección del interior de los individuos, es una representación de la naturaleza humana. Pero esta afirmación que asume virtudes y defectos personales y propios a menudo es negada en la práctica por iracundos juzgadores de los otros y al mismo tiempo ciegos críticos de sí mismos, que no se detienen en la diatriba y el insulto, cultivando con placer evidente la discordia, como si fuese el objetivo y el mejor camino para la solución de los problemas y el mejoramiento de las condiciones de vida. Esos violentos con sus acciones tensan tanto la cuerda de la convivencia que en algún momento la rompen, provocando dolor y sufrimiento; y, solo ahí, en ese estado de postración y casi aniquilación, perciben que la paz y la armonía son los más importantes caminos y objetivos de la humanidad.

Las grandes religiones y las doctrinas filosóficas humanistas plantean como formas de vida válidas las fundamentadas en el amor al prójimo y otros principios derivados de esa concepción global. El cristianismo, budismo, taoísmo, hinduismo y otras religiones proponen modos de convivencia basados en la superación espiritual y en el mejoramiento personal. En este punto podríamos plantearnos si esas formas de ver el mundo tienen sentido práctico en la cotidianidad de la vida. ¿Es posible que la coexistencia social pueda ser determinada por la sabiduría filosófica? ¿O esta es una manifestación cultural concebida solamente para los débiles y contraria al ejercicio del poder real y de la política concreta? En este punto, la referencia al poema de Borges vuelve a ser planteada. ¿Es posible que desde la reflexión sobre la discordia se la descarte por ser un camino inapropiado para la proyección colectiva? (O)

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