Los gobiernos por imperio del cambio tecnológico, que hizo de la apertura y la transparencia sus valores implícitos, están sometidos hoy segundo a segundo a un escrutinio mayor. El poder es la gestión. La capacidad de hacer, y lo que hemos visto es una pobre reacción de parte de varios para entender esta ecuación que cambia el concepto del poder conocido por un largo tiempo. Vivimos tiempos nuevos signados por paradigmas diferentes y es imperativo que los gobiernos entiendan esta nueva ecuación, porque de lo contrario solo queda esperar dictaduras corporativas o fascistas. Muchas de las que tenemos condenan en apariencia ambas cosas y la disfrazan de populistas, pero en el fondo se convierten en maneras autoritarias de entender y de ejercer el poder.

El ciudadano sabe hoy más, pero también tiene un tiempo menor para enfrascarse en lo público. La idea que domina muchas veces es el miedo a perder lo poco que ha conseguido para sobrevivir, y eso muchos gobiernos lo manipulan muy bien con mendrugos de ayuda social con los que incrementan su dependencia y adhesión sin pretender ni mucho menos sacarlos de la condición en la que se encuentran. ¿Para qué? Si el negocio es hacerlos cada vez más temerosos, sumisos y dependientes. En este mundo de las precariedades, la expresión popular que resume todo es que “cualquier caldito es alimento”. Y tenemos una democracia light cada vez mayor con una nomenclatura en el poder que manipula las precariedades hasta volverlas en elementos centrales de su “política de gobierno”. El Estado encuentra su legitimidad en esas acciones reiteradas a las que se les recubre con un discurso de contestación y de búsqueda de adversarios de carne y hueso porque la representación real de los miedos y las incertidumbres es mejor evitarla.

La autoridad es hoy cuestionada de manera permanente y los que la ejercen saben muy bien que hoy, como diría Naim, es “fácil obtenerlo, difícil usarlo y muy proclive a perderlo”. En este esquema el poder solo se ejerce en un espacio de incertidumbres donde la fragilidad de la relación termina siendo la fortaleza del gobierno de ocasión. Generaciones de pobres sostienen la ilusión de dejar de serlo en miserables ayudas gubernamentales que pasan a ser clave e importantes luego de no haber esperado nada de los gobernantes por mucho tiempo.

La gestión de largo plazo no es una prioridad. Hay una especie de fatalismo con respecto al futuro, que el carpe diem (vívelo hoy) es la frase de lucha y de supervivencia de millones. Los gobernantes lo perciben y se han montado a esa ola en donde la importancia trascendente es no caerse y buscar como sea mantenerse en la cresta. El hacer las cosas de largo aliento es una pérdida de tiempo y los recursos naturales de gran demanda con el crecimiento chino pasan a convertirse en vitales herramientas para sostener a los gobiernos que interpretan a los pobres haciéndoles notar su condición con miserables mendrugos que caen de la mesa del poder. El hambriento no tiene capacidad ni condición para analizar esta circunstancia. Agradece al poderoso de ocasión y lo sostiene porque la única manera exitosa de gestión gubernamental es distribuir las sobras sin cuestionar la legalidad ni legitimidad del alimento que consumen sobre la mesa.

Requerimos entender este proceso para transformar la gestión en una actitud hacia el desarrollo y no un mecanismo perverso para mantener la pobreza, la sumisión y el despilfarro. (O)

El Estado encuentra su legitimidad en esas acciones reiteradas a las que se les recubre con un discurso de contestación y de búsqueda de adversarios de carne y hueso porque la representación real de los miedos y las incertidumbres es mejor evitarla.