Raúl Andrade fue un gran polígrafo quiteño que manejaba la pluma como un escalpelo. Su fina ironía producía urticarias cuando cumplía con el deber de quienes opinan públicamente, que incluye desnudar las falencias del poder. Hace algunas décadas escribió en El Telégrafo un artículo intitulado “La lora como símbolo”, a propósito de la facundia verbal del presidente Velasco Ibarra. Este gran hombre tenía una oratoria fogosa y culta que demostraba sus vastos y profundos saberes. A muchos les parecía que hablaba demasiado y se tornaba cansino. Por tal razón Raúl Andrade proponía cambiar el cóndor del escudo nacional por una lora, porque era mejor símbolo.
Me acordé de aquella punzante diatriba cuando vi el otro día la larga lengua coronada y purpúrea que publicó Bonil en este diario y me pareció un buen símbolo que representa mucho de lo que ahora vemos. No obstante, pienso que Raúl Andrade hubiera escrito otras analogías luego de escuchar las prolongadas sabatinas a las que se ha acostumbrado este Gobierno. Tal vez, si hubiera tenido el don del dibujo, nos habría regocijado presentándonos una gran lupa como la que usa cierta autoridad hurgando los medios de comunicación para exigir rectificaciones inmediatas o también para reclamar por pellejerías o por inexactitudes que parecen ridículas. Todo esto bajo la amenaza de penas y sanciones. ¡Ah, la célebre Secom, cómo será recordada!
Otro símbolo podría ser un gran garrote como el que se usó para librarse de las críticas de Carlos Vera y Emilio Palacio o el que se blande para perseguir a la maestra Zamora o al señor Cléber Jiménez. Esta contundente arma, “the big stick”, ya fue usada por Teodoro Roosevelt, muy recordado en Panamá. Algunos importadores se sienten garroteados por las salvaguardas creadas para defender la balanza comercial. Pero el más alto mandatario dice que no tienen efecto en los precios y esa es la razón final, porque “sigo siendo el rey”. Punto. No debemos discutir.
Aunque se podría proponer otra caricatura: la de un viejito andrajoso, jubilado del IESS, frente a un hospital y con la mano extendida pidiendo limosna para tratarse la salud. Esta recogería los numerosos reclamos que escriben los jubilados quejándose de la mala atención médica o de las bajas pensiones.
¿Cómo representar al miedo? Quizás reproduciendo el célebre cuadro El grito, de Edvard Munch. Hay angustia que se percibe por la situación del país, por la inseguridad en las calles, por las cambiantes políticas económicas del Gobierno que se adoptan sin suficiente reflexión, un poco al desgaire, y sin considerar que a fin de cuentas afectan a todo el pueblo; hay angustia por los precios del petróleo que no podemos controlar; miedo porque los jueces no son independientes, porque hay una sola voluntad omnímoda, dueña de los poderes; porque mucho se está sacrificando en aras de un proyecto político y el cambio de la matriz productiva, cuyos efectos desconocemos pero que en otras sociedades ha igualado a todos en la pobreza o en la miseria. Pero el peor de los temores es que los actuales gobernantes quieren perpetuarse en el poder. (O)










