Daniel Barrezueta Narváez en Los suspiros del pez tiene páginas acertadas acerca del tema, recuerda que Benedicto XVI distinguió el amor “ágape” del amor “eros”. El ágape se refiere a la comida que tomaban en común los primeros cristianos, lo que apunta hacia una sacralización o fraternización del amor. “El eros ebrio e indisciplinado no es ascensión ni éxtasis hacia lo divino, sino caída y degradación del hombre”, añade el papa. No entiendo por qué el amor o el sexo deben tener relación con la ebriedad. Barrezueta entonces cita frases de santos como Odón de Cluny, quien solo ve bajo la piel de una mujer “sangre, humores y bilis, muco y estiércol”, y termina el santo preguntándose: “¿Cómo podríamos estrechar en nuestros brazos el saco mismo que contiene estos excrementos?”. Desde luego, recuerdo a san Agustín: “Las mujeres no deben ser educadas en forma alguna; deben ser segregadas ya que son causas de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones” (no sé si reír o llorar). Dijo también: “No alcanzo a ver qué utilidad puede tener la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños”. Barrezueta cita al papa Gregorio: “Todo deseo sexual es malo en sí mismo”, razón por la que se exhiben en museos de España camisones que llevaban las reinas desde el cuello hasta los tobillos con un orificio adecuado para facilitar transportes amorosos. La Biblia juzgaba impuras a las mujeres cuando tenían la regla, consideraba como adulterio el hecho de mirar con demasiada complacencia a las mujeres. Aquellos santos nunca oyeron hablar de sublimación, ternura que más allá de la piel llega al alma sin que los dioses tengan carta en el asunto, inocencia en el placer, “orgías de pureza” (Lautréamont).

¿Por qué el amor tiene que ser “disciplinado” cuando desea treparse en el barco ebrio de Arthur Rimbaud? ¿Por qué prohibir las travesuras que son la más sabrosa pimienta del amor humano? Recuerdo aún la expresión que llevó en el rostro monseñor Arregui cuando le pregunté lo que opinaba la Iglesia del sexo oral, el que, creo yo, solo debería prohibirse a la gente de dudosa higiene personal. Durante siglos la Iglesia nos enseñó que la relación sexual debe buscar la procreación, siendo el placer en sí una grave falta cuando todos sabemos que la dicha amorosa es justamente el desquicio de los sentidos, siendo el orgasmo el paroxismo más vertiginoso del erotismo. Hace mucho tiempo que la mujer no tiene nada que ver con Eva, supuesta culpable de los desvaríos masculinos. Recuerden que en pleno siglo XXI existe la cruel ablación del clítoris, la escisión femenina se practica todavía en 29 países de Asia y África porque se considera que la mujer no debe experimentar placer (125 millones de víctimas, según los censos).

En colegios religiosos me castigaron por leer a Sartre, Camus, Lautréamont, Sade, André Gide, Montherlant, Marcel Aymé, tuve que lidiar con tres directores espirituales aficionados al manoseo disfrazado de religiosidad. Sigo pensando que en el amor solo empieza el mal cuando se lastima a alguien. (O)