Cuando la ciencia y la poesía engendran una hija

Jueves, 13 de Febrero, 2014 - 00h00
13 Feb 2014
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La primera programadora de la historia, Ada Lovelace, opinaba sobre la máquina analítica (la tatarabuela de las computadoras): “La máquina no es un ser pensante, sino simplemente un autómata que actúa obedeciendo a reglas que se le imponen”. Estas palabras parecen hoy más apropiadas para describir el comportamiento de los consumidores que para referirnos a la tecnología, fuerza reguladora. ¿No define Facebook nuestro comportamiento social? ¿Y quién decide qué información “encontramos”, manipulando así nuestros procesos cognitivos? PageRank.

Lo cierto es que áreas fundamentales de nuestra vida están reguladas por instrucciones matemáticas: los algoritmos. Tan viejos como el conocimiento se trasplantaron al mundo de las máquinas y hoy son los amos del universo. Quien primero comprendió que los algoritmos pueden poner en marcha mucho más que cálculos fue una mujer: una mujer del siglo XIX, por lo demás. En 1843 Ada Lovelace publicó el primer algoritmo, valorado hoy como un programa de computación rudimentario. El matemático Charles Babbage –considerado el padre de la computación– pidió a Ada, a quien llamaba “hechicera de los números”, traducir un libro y anotarlo para explicar el funcionamiento de su máquina analítica. Ada tradujo, calculó y escribió. Hoy el retrato de Ada nos mira desde las paredes de las Facultades de Informática y quizá se pregunta dónde se esconden las mujeres.

Si las mujeres del siglo XXI todavía se excluyen de las Matemáticas, la Física, la Informática, etcétera, imaginen, en el universo de Ada, de cuántos mundos se sentiría excluida o lo estaría realmente. Las circunstancias que la llevaron a convertirse en una científica visionaria fueron únicas y por lo tanto dignas de ser contadas. No solo se crió rodeada de eruditos que en los salones de la aristocracia londinense le descubrían que el mundo no se creó en seis días sino en un proceso de millones de años, ni creció solamente entre fábricas y máquinas, en el corazón de la revolución industrial, no en vano se ató al amor de Mr. Lovelace, quien la apoyó en sus estudios, experiencias todas que en el corazón solitario de una “delicada” y “sensible” dama del siglo XIX no hubieran dado los mismos frutos que en una mente afilada y preñada de conocimientos físicos y metafísicos como la de Ada. Y es que Ada tuvo una suerte mucho mayor que la de nacer rodeada del humo, vértigo y hacinamiento del Londres de la revolución industrial: la engendraron dos seres únicos, y esa fue su bendición y castigo.

Ada Augusta Byron fue la hija de Lord Byron, el poeta romántico, tan hinchado de ardientes palabras y sentimientos que el viento lo llevaba incansable de falda en falda y de copa en copa. Un día su mujer lo dejó y lo declaró demente. Vino entonces otro viento y lo llevó de viaje por el mundo, de donde nunca más volvió. Entonces la madre de Ada, la baronesa Anne Isabella Byron, descolgó el retrato del padre y se dio a la tarea de educar a su hija con métodos antídotos contra el veneno del romanticismo. Ada aprendió ciencias exactas bajo la tutela de una disciplina antibyroniana (terminantemente prohibido leer los diecisiete tomos que abarca la obra del padre). A los doce, Ada se construyó unas alas usando como modelo las de un cuervo muerto. Pero no volaron. Se enamoró y su madre no tardó en cortarle las alas a ese maligno impulso de la pasión, heredado de su padre. Ya sin alas, Ada dejó de habitar su cuerpo al que atacaron todo tipo de enfermedades. Empezó a vivir en su intelecto, saciándolo de números en un intento por expulsar los delirios poéticos y románticos. Y sin embargo, en su mente se fue componiendo una mezcla muy singular, hecha no solamente del material de las ciencias exactas. Cuando supo que Charles Babbage había diseñado una máquina para hacer cálculos matemáticos, renacieron en Ada las alas que le permitieron reconocer, visionaria, en aquel autómata que nunca se construyó, aquello que en aquel tiempo era impensable y que hoy es el motor del mundo. A los veintiocho años Ada escribe que las funciones de esa máquina analítica no están todavía determinadas, que ese aparato podría por ejemplo componer piezas musicales. Ada reconoce la dimensión inesperada e inquietante de aquello que una máquina es capaz de procesar: “Ha nacido un lenguaje nuevo, vasto y poderoso”, sentencia. Entonces desarrolla el primer programa en este lenguaje: una lista numérica de órdenes que determinan qué operaciones, con qué variables deberá realizar la máquina analítica. En esta tabla reconocemos hoy el lenguaje de un programa de computación. Matemática brillante y poeta alada, Ada consigue penetrar en la esencia de lo que está sucediendo, y con sus palabras vuela al futuro impulsada en el trampolín del pasado: “La máquina analítica teje patrones algebraicos al igual que el telar de Jacquard teje flores y hojas”.

Fuerzas tan oscuras como luminosas, tan personales como sociales, maternas como paternas, humanas como sobrehumanas tejieron la vida de Ada Lovelace, quien conquistó los dominios “masculinos” de las matemáticas y la técnica gracias al poder de su imaginación poética y su rigor científico. Su ardiente vida se fue extinguiendo por un cáncer de cuello uterino. Ada se inyectaba morfina, escribía y calculaba, desarrollaba una fórmula infalible para apostar a los caballos, su gran pasión, se inyectaba morfina, se moría, calculaba. Ada Lovelace murió a los treinta y seis años, al igual que su padre, el poeta.

Quien primero comprendió que los algoritmos pueden poner en marcha mucho más que cálculos fue una mujer: una mujer del siglo XIX, por lo demás. En 1843 Ada Lovelace publicó el primer algoritmo, valorado hoy como un programa de computación rudimentario.

Cuando la ciencia y la poesía engendran una hija
La primera programadora de la historia, Ada Lovelace, opinaba sobre la máquina analítica (la tatarabuela de las computadoras): “La máquina no es un ser pensante, sino simplemente un autómata que actúa obedeciendo a reglas que se le imponen”.
2014-02-13T22:18:20-05:00
El Universo

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