A los comerciantes no les importaron las restricciones que estableció el COE cantonal en cuanto a las piscinas inflables.

Ellos vendieron libremente ese implemento durante el fin de semana, mientras que las autoridades se esmeraron en controlar que las familias no los instalen en los barrios, con base en la regulación que establece multas de hasta un salario básico unificado ($ 400) a los dueños de casa donde se pongan las piscinas.

En sectores comerciales como la Bahía, en el Mercado de las Cuatro Manzanas, en almacenes y hasta en algunas esquinas concurridas en la ciudad ofertaban piscinas inflables o armables de diferente tamaño y a todo precio.

El comerciante Luis Javier ofrecía a gritos las piscinas en las calles Coronel y Manabí, centro sur de Guayaquil. Los clientes se acercaban, pues el comerciante vendía piscinas desde $ 25 hasta $ 200 según el tamaño del reservorio.

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“El COE debe dejarnos vender, ya que es una tradición por carnaval ubicar las piscinas afuera de las casas, así como quemaron los monigotes”, señaló el expendedor informal.

En otro sector de la Bahía, decenas de comerciantes ofrecían estos y otros elementos para celebrar carnaval.

Uno de los vendedores señaló que la gente prefiere las piscinas grandes que pueden ser de 5 por 6 metros, porque ahí pueden caber las familias y los vecinos, y esta realidad preocupa a las autoridades, enfocadas en evitar las aglomeraciones y un potencial rebrote del virus, pues tras los piscinazos suelen darse fiestas en las que no se consideran las medidas de bioseguridad.

En otros sectores de Guayaquil, como el sur y el suburbio, la mañana ayer, pese a la restricción, comenzaban a instalarse piscinas en varios portales. Por ejemplo, en la esquina de Francisco Segura y Tulcán, una gran piscina era llenada y los niños ya se alistaban para darse un chapuzón. Junto a la piscina, comerciantes informales vendían globos, espuma, anilina y harina para los tradicionales juegos.

A una cuadra de allí, en Tulcán y Cristóbal Colón, otra familia instalaba su piscina, pero lo hacía dentro de su cerramiento. Para eso debieron sacar su auto e incluso habían movido algunas macetas para dejar el espacio necesario.

El dueño de casa dijo que no iba a sacrificar la diversión de sus hijos, pero aseguró ser consciente del peligro, por lo que no pensaba compartir con ninguno de sus vecinos, ni arriesgarse a ser multado por el Municipio porteño.

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Tras un recorrido de varias cuadras se veía también a varias personas caminar con piscinas desinfladas en busca de una lubricadora.

Iban a parchar las fugas de aire, así contó Ronald Guerra, quien vive en La Guangala y pagó un dólar por cada fuga arreglada.

Solo entre viernes y sábado la Policía retiró 55 piscinas y clausuró dos licoreras, a las que les decomisó casi 200 jabas de cerveza, esto en el distrito Esteros. Pese a esto, en algunos callejones las familias limpiaban las calles y colocaban alfombras para empezar a llenar sus piscinas.

Apelan a que sus niños necesitan alguna distracción y aseguran que cuidan que no se aglomeren, pero es una tarea compleja ya que los menores desde temprano corrían por las calles con globos y mangueras, completamente ajenos a la pandemia.

Unos 150 funcionarios municipales recorrieron los sectores populares y retiraron solo entre viernes y sábado al menos 95 piscinas de la vía pública. Hasta ayer no existía un reporte de cuántas familias fueron sancionadas. (I)