SÍDNEY — Cuando el volcán Hunga Tonga-Hunga Ha’apai hizo erupción con una fuerza colosal a las 5:10 p. m., hora local, el 15 de enero, Soane Francis Siua, un seminarista católico en Fiyi, escuchó un fuerte estruendo e intentó averiguar por qué la tierra parecía estar temblando.

¿Una tormenta eléctrica? ¿Un terremoto? ¿Un ciclón? No era nada de eso, como descubrió poco después: se trataba de un volcán no muy lejos de donde creció, en Tonga. Recordaba haber estado en casa cuando el mismo volcán hizo erupción hace unos años. Esta vez, basándose en lo que podía sentir a más de 640 kilómetros de distancia, sospechó algo mucho peor.

Llamó a su madre en la isla principal, Tongatapu. Ella contestó el teléfono y le dio algunos detalles de una escena aterradora. Una alerta de tsunami. Nubes espesas. Una tormenta de rocas negras que caían sobre los edificios y rebotaban en los coches como si fueran canicas sobre losetas.

La vista de Nomuka, Tonga, desde un avión de vigilancia con la Fuerza de Defensa de Nueva Zelanda durante un vuelo de reconocimiento sobre un área de Tonga que mostró una fuerte caída de cenizas de la reciente erupción volcánica, 17 de enero de 2022. (Cpl. Vanessa Parker/New Fuerza de Defensa de Zelanda vía The New York Times) Foto: Cpl. Vanessa Parker

“Todo caía del cielo y la asustó”, dijo. “Era la primera vez que veía algo así”.

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Tratando de mantener la calma, prometió volver a llamar después de transmitir la noticia a sus hermanas en Estados Unidos. Pero eso fue todo. No pudo volver a comunicarse con su madre durante casi una semana.

Lo mismo les pasó a decenas de miles de tonganos que viven fuera del remoto reino del Pacífico. Durante aproximadamente una hora, las llamadas telefónicas y los videos publicados en las redes sociales dieron pistas sobre lo que había provocado la mayor erupción volcánica del mundo en décadas. Entonces, el único cable submarino que conectaba a Tonga con el mundo se rompió, seccionado por la violenta sacudida.

Y con ello llegó la desconexión que ha definido el desastre hasta ahora. A pesar de que la magnitud de la erupción se extendió a lo largo y ancho —con un estruendo sónico que se escuchó en lugares tan lejanos como Alaska y un oleaje que causó la muerte de dos personas y un derrame de petróleo en Perú— el impacto humano más cercano a la explosión pareció desaparecer, desafiando las expectativas de una era hiperconectada.

Una foto satelital proporcionada por NOAA/Cira/Rammb muestra la erupción del volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Ha’apai en una imagen de un satélite meteorológico. Mientras los residentes de Tonga luchan por recuperarse de una devastadora explosión volcánica que cubrió de cenizas a la nación insular del Pacífico y la inundó de agua, los científicos intentan comprender mejor los efectos globales de la erupción. (NOAA/Cira/Rammb vía The New York Times) Foto: NOAA/CIRA/RAMMB

Mientras que el resto del mundo miraba perplejo y consternado un hongo volcánico de 482 kilómetros de ancho captado por satélites lejanos; en Tonga, la comunicación fue mínima, solo la experiencia visceral del volcán y el tsunami que le siguió.

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“He tenido que lidiar con muchas crisis de este tipo”, afirmó Jonathan Veitch, coordinador de las Naciones Unidas en Fiyi, quien señaló que por lo general se requiere media hora para contabilizar al personal de la ONU después de una catástrofe, pero que en Tonga se necesitó un día entero. “Esta es un poco diferente”, comentó.

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Una semana después, lo ocurrido en esas tierras apenas está saliendo a la luz; sobre todo, a través de conversaciones entrecortadas por teléfonos satelitales que dependen de cielos despejados. Hasta ahora, la imagen descrita es la de un paisaje borroso de edificios y casas destruidos, personas que por poco no viven para contar la experiencia y los trabajos de limpieza que se desarrollan con lentitud, pero se puede afirmar que el número de víctimas todavía no coincide con los peores temores de gente como Siua.

Hasta ahora, solo se ha informado de tres muertes. Las preocupaciones más inmediatas tienen que ver con el agua potable contaminada por la ceniza y el riesgo de que la ayuda enviada, que comenzó a llegar el jueves, traiga la COVID-19 a un país que está libre de coronavirus después de haber cerrado sus fronteras cuando comenzó la pandemia.

Sin embargo, más de una semana después de la erupción del volcán, el proceso de evaluación completa de los daños, por no hablar de la respuesta, sigue avanzando con un ritmo propio de la era previa al internet.

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Hasta el jueves, al menos diez islas con una población reducida en las que los edificios parecían haber sido dañados no habían sido revisadas aún por la Marina de Tonga ni por ningún otro organismo, mientras que al menos un vuelo de ayuda procedente de Australia tuvo que regresar debido a un caso positivo de COVID-19 a bordo.

El reto, quizás, no puede separarse de la geografía. Tonga, una nación de unas 170 islas que se encuentran a unos 2253 kilómetros al noroeste de Nueva Zelanda (y a 4828 kilómetros de Hawái) siempre ha sido de difícil acceso. Fue habitada por primera vez hace unos 3000 años, por lo que su historia humana es mucho más corta que la de Australia u otros países de la región de Asia-Pacífico.

El temor que ha provocado Hunga Tonga ha estado presente desde hace años y el volcán llevaba semanas retumbando. Luego, echó fumarolas de vapor y gases el 29 y el 30 de diciembre y, de nuevo, el 13 de enero.

“En retrospectiva, estos acontecimientos apuntaban a un aumento de la presión de los gases en la parte superior del volcán”, comentó Shane Cronin, vulcanólogo de la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda.

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En Tonga, que acababa de celebrar elecciones para un nuevo gobierno en noviembre, las erupciones dieron lugar a advertencias: hay que estar preparados. Siua, de 24 años, dijo que su madre, que vive tierra adentro, se abasteció de alimentos y agua. Otras personas hicieron lo mismo.

Aun así, la erupción fue una sorpresa. El sonido del 15 de enero fue ensordecedor y abrumador. Muchos habitantes de Tonga dijeron a sus familiares que les pareció que una bomba había estallado justo a su lado y que seguía estallando una y otra vez.

A photo provided by the Australian Defence Force shows personnel clearing ash from a runway at Fua’amotu International Airport in Tonga on Thursday, Jan. 20, 2022. The disaster caused by the largest volcanic eruption in decades has been defined so far by the nation’s near-complete disconnection in an ever-connected age. (Emma Schwenke/Australian Defence Force via The New York Times) — NO SALES; FOR EDITORIAL USE ONLY WITH NYT STORY TONGA VOLCANO BY DAMIEN CAVE FOR JAN. 21, 2022. ALL OTHER USE PROHIBITED. — Foto: EMMA SCHWENKE

“La primera erupción fue una gran explosión”, dijo en una entrevista telefónica Kofeola Marian Kupu, de 40 años, periodista de radio en la capital, Nuku’alofa. “Nos zumbaron los oídos. No podíamos oír nada”.

Al igual que muchos otros, Kupu no dudó en lo que tenía que hacer: huir.

Acompañada de su madre, su esposo, sus tres hijos y tres de sus primos, tomaron lo que pudieron y se apresuraron a ir terreno más elevado.

“Sabíamos que era un volcán vivo en erupción, nos habían advertido. Cuando se produjo la explosión, todos corrieron porque esperaban un tsunami”, recordó.

Cuando el magma fue lanzado desde abajo, una nube de escombros se elevó más de 30 kilómetros. En pocos minutos, las rocas empezaron a caer con un ruido sordo que sonaba como una lluvia muy intensa.

Le siguió una gruesa capa de ceniza. Luego vinieron las olas enormes. Los científicos predijeron que el oleaje que se dirigía a Tongatapu, donde viven las tres cuartas partes de los 100.000 habitantes de Tonga, elevarían el nivel del mar un metro. Los primeros videos de la capital, antes de que el internet se interrumpiera a las 6:40 p. m., mostraban un flujo constante de agua que inundaba las carreteras y derribaba las vallas mientras los coches salían disparados.

Las autoridades de Tonga dijeron más tarde que en las islas más pequeñas y bajas, más cercanas al volcán, se produjeron olas de tsunami de hasta 4,5 metros o incluso más.

Las olas arrastraron al menos a tres personas, entre ellas Angela Glover, originaria de Inglaterra. Se había mudado a Tonga y había abierto un refugio para animales con su marido, un tatuador. Después de la erupción del volcán, publicó en Instagram una foto de un rojo y glorioso atardecer, en la que les decía a sus seguidores: “Todo está bien”. Pero cuando volvió para salvar a algunos de los perros que cuidaba, se ahogó.

Su marido, que encontró su cuerpo unos días después, sobrevivió agarrado a un árbol. Muchos otros se treparon a los árboles para salvarse. Tricia Emberson, de 56 años, dijo que su tío y su hijo, que viven en una pequeña isla cerca de Tongatapu que fue invadida por el agua, también se subieron a los árboles para ponerse a salvo.

“La isla estaba inundada casi en su totalidad y el agua se llevó casi todo”, dijo.

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Siua, el seminarista, comentó que cuando al fin logró ponerse en contacto con su madre al final de la semana y de inmediato la comunicó con sus hermanas, terminó la llamada sin poder hacerse una idea completa de lo que había sucedido.

Se sintió aliviado de descubrir que sus primos habían cuidado de su madre, quien vive sola, pero eso lo hizo pensar sobre sus tías y tíos en la isla de Atata.

Nadie había tenido noticias de sus familiares allí. Todo lo que sabía era que en las fotos tomadas desde arriba después de la explosión, no parecía quedar mucho: solo se veían terrenos baldíos entre los árboles y algunos edificios. Todo estaba cubierto por el polvo grisáceo y café arrojado por el volcán Hunga Tonga-Hunga Ha’apai.

Mientras los habitantes de Tonga luchan por recuperarse de la devastadora explosión volcánica que asfixió a la nación insular del Pacífico con cenizas y la inundó de agua, los científicos intentan comprender mejor los efectos globales de la erupción. (I)

Damien Cave