Hay un recuerdo incómodo de la Guerra Fría que está a casi 1.700 metros de profundidad en el mar de Noruega.

Se trata del submarino soviético K-278 Komsomolets, el cual se hundió en 1989 años después su reactor todavía libera material radiactivo de forma intermitente.

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La novedad es que un equipo noruego ha medido con más detalle qué sale cuando hay fuga y en qué cantidades.

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Los datos impresionan cerca del punto de emisión, pero el mensaje principal es más matizado, el agua de mar diluye rápido y, por ahora, hay poca evidencia de acumulación en el entorno inmediato. Aun así, los autores avisan de que las emisiones pueden continuar y que la corrosión interna es una pieza clave de la historia.

Plutonio y uranio

El estudio publicado en PNAS confirma que las emisiones del reactor siguen ocurriendo, pero no de manera continua.

En los picos máximos, las concentraciones de estroncio-90 y cesio-137 cerca de la salida alcanzan valores 400.000 y 800.000 veces superiores, respectivamente, a los niveles típicos de estos radionúclidos en el mar de Noruega. Los investigadores también detectaron isótopos de plutonio (239Pu y 240Pu) y uranio-236 en esas liberaciones.

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Según explican, las relaciones entre isótopos apuntan a que el combustible nuclear del reactor se está corroyendo, lo que encaja con fugas que aparecen y desaparecen.

Hay un dato que ayuda a rebajar el ruido sin bajar la guardia. No encontraron evidencia de plutonio en el entorno cercano de la sección dañada que pudiera atribuirse a las ojivas nucleares del compartimento de torpedos.

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Tripulantes perdieron la vida

El K-278 se hundió el 7 de abril de 1989 tras declararse un incendio a bordo. El accidente costó la vida a 42 tripulantes y el precio quedó al suroeste de la isla del Oso a unos 1.680 metros de profundidad.

Además del reactor, el submarino llevaba dos torpedos nucleares. Rusia realizó trabajos de sellado en los años noventa para reducir el paso de agua hacia el compartimento de torpedos, y los documentos noruegos indican que esas medidas seguían en su sitio décadas después.

Por ahora, la evidencia apunta a que el problema es muy local porque el mar diluye rápido los radionúclidos liberados.

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Los autores subrayan que, pese a más de 30 años de liberaciones, hay poca evidencia de acumulación de radionúclidos alrededor del submarino. Pero añaden un aviso importante, se espera que las emisiones continúen y hacen falta más investigaciones para entender los mecanismos de fuga y la corrosión dentro del reactor, porque un deterioro mayor podría cambiar el escenario. Y eso se nota.

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La radiación suena a alarma inmediata, pero conviene aterrizarlo con datos de campo. En la expedición de 2019, el Instituto de Investigación Marina de Noruega explicó que algunas muestras tomadas dentro de un conducto de ventilación presentaron cesio-137 hasta 800 Bq por litro, frente a valores del orden de 0,001 Bq por litro en otras zonas del mar de Noruega.

La misma fuente remarcó algo clave para el consumidor. “Los niveles que detectamos estaban claramente por encima de lo normal en el océano, pero no eran alarmantemente altos”, explicó la responsable de la expedición, Hilde Elise Heldal, recordando además que en Noruega el límite permitido en alimentos se fijó en 600 Bq por kilo tras Chernóbil.

Y hay otro detalle tranquilizador. Según Justin Gwynn, del organismo noruego de seguridad radiológica, en muestras tomadas a pocos metros por encima del conducto no se encontraron niveles medibles de cesio radiactivo, una señal de que la dilución actúa rápido en ese entorno tan profundo. (I)